Contacto en México

Por Sergio Pujol

“Nunca te he visto, Guadalajara./ Pero tu nombre en mi alma es una oración./ Te conocí en los ojos que más amaba,/ vi tu paisaje en su corazón.” Así comienza “Yo no te he visto nunca”, un huapango prácticamente desconocido que lleva la firma de Enrique Santos Discépolo. Inspirado en la actriz Raquel Díaz de León, a la que el autor y compositor también le habría dedicado sus tangos “Canción desesperada” y “Sin palabras” – en esto siempre quedan márgenes para la especulación -, el tema suele revolotear silencioso por algunos sitios poco visitados de internet. Si bien no se trata de la única canción de Discépolo ajena al repertorio tanguero – su talento también se esparció sobre zambas, valses, una marcha, una milonga/candombe y un par de fox trots-, los versos más mexicanos de los que fue capaz “el filósofo del tango”, como lo bautizó el poeta lunfardo Dante Linyera, documentan un capítulo relativamente breve pero muy intenso en su vida, y por añadidura en la cultura popular latinoamericana.

Los años mexicanos de Discépolo se extienden entre 1944 y 1947. No conforman un continuo de vida azteca: varios meses de ese período transcurrieron en Buenos Aires o de gira por otros países del continente. Pero la experiencia mexicana, con sus dos movimientos (1944 y 1946), con su historia de amor imposible y su culebrón de tironeo sentimental, fue decisiva en más de un sentido: marcó a Discépolo de modo concluyente – nunca se repondría de aquellos días de vértigo – y puso a circular los mitos complementarios de la maldad ontológica de Tania y la fragilidad bondadosa de su Pigmalión. En el medio, un hijo no reconocido. Y un amor inconcluso. Y la ilusión de hacer cine en México, acaso alentando otra vida, una vida extranjera pero en castellano.

Volando a México

El 20 de mayo de 1944, un avión procedente de Panamá depositó en México a Homero Manzi, Mario Benard y Enrique Santos Discépolo. Poco después llegaría Tania (Ana Divis), la compañera de Enrique desde 1928. El argentino y la española se habían conocido en un cabaret porteño, cuando ella había interpretado “Esta noche me emborracho”, el primer éxito de él. Juntos habían construido, con pasión intermitente y mucha complicidad tanguera, una pareja pintoresca de la ciudad de Buenos Aires. La cupletista y el dramaturgo y actor; la mujer de la noche y el intelectual; una cancionista en busca de su autor, o un autor deseoso de ser interpretado íntimamente, hasta el último rincón del más tragicómico de sus tangos: la dupla era imbatible en términos artísticos, aunque bastante fallida desde el punto de vista sentimental. 

Cuando a principios de l944 la comisión directiva de Sadaic – sociedad autoral de los compositores y letristas argentinos- decidió mandar una delegación a varios países de América latina para intentar firmar convenios de reciprocidad, Tania se las ingenió para sumarse al viaje. No le faltaban razones para su agregación. Eran tiempos de cancionistas exitosas – Mercedes Simone y Azucena Maizani lideraban la superpoblada categoría – y no le resultó difícil conseguir algunas actuaciones en Chile, Bolivia, Perú y México. Para este último destino, Tanía tenía contrato para cantar en El Patio, acaso el gran escenario de la canción romántica mexicana. La combinación de trabajo gremial con agenda de espectáculos lucía atractiva: ella actuaría y él tendría reuniones con los principales compositores mexicanos, aunque la verdad era que Discepolín disfrutaba más de la sociabilidad alentada por sus tangos que de las negociaciones en nombre de Sadaic. Esto último recaería en Manzi y Benard, principalmente.

Para Discépolo, México significaba varias cosas a la vez. Por lo pronto, allí había público de sus canciones, auditorios que conocían “Malevaje”, “Yira… yira” o “Cambalache”. Su último éxito, “Uno”, con música del joven pianista y compositor Mariano Mores, sonaba por las radios del Distrito Federal prácticamente desde su estreno en 1943. Se trataba de un tango diferente, en parte por la contribución decisiva de Mores, un inspirado melodista, pero básicamente por el romanticismo desgarrado de un Discépolo muy distinto al sardónico moralista de “Qué vachaché” y “Qué sapa señor”. La letra de “Uno”, excesiva para las formas tradicionales del género, era un monólogo de amor frustrado: “Precio de castigo que uno entrega/ por un beso que no llega/ o un amor que lo engañó… / Vacío ya de amar y de llorar/ tanta traición…” Ese giro hacia una cuerda más definidamente amorosa, sostenido por una melodía amplia y cautivante, venía insinuándose desde fines de los 30, con “Desencanto”, “Tormenta” e “Infamia”, para alcanzar su pináculo con “Uno”. 

En todo caso, no dejaba de sorprender el abandono definitivo del tono crítico con el que Discépolo había irrumpido en la cultura argentina. México lo encontraba entonces en plena etapa de efusividad lírica, y el poeta encontraba a México en la apoteosis del bolero. Esta coincidencia no pasaría inadvertida. “En México le ha salido un serio rival al tango”, diría más tarde a la revista ¡Aquí está! “Es  el bolero, la gran creación de la música popular mexicana. Agustín Lara fue el iniciador, y sigue siendo el primero, aunque han surgido algunos compositores jóvenes muy buenos. Lara le dio una forma bailable a un tipo de canción que no era bailable. Pero él le transformó el ritmo, y así nació el bolero moderno, que en pocos años se ha hecho tan universal como el tango, la rumba, la conga, el fox y hasta el mismo vals, que es el padre y acaso el abuelo de los bailes de salón. Entre todos ellos ocupa un lugarcito nuestro tango.” 

Curiosa muestra de modestia argentina: los mexicanos agasajaban al gran autor de tangos, y este consideraba que el género rioplatense solo ocupaba “un lugarcito” en el vademécum de bailes de salón. En realidad, la ponderación del bolero, ya por entonces muy conocido en la Argentina a través de las actuaciones de Pedro Vargas, era la expresión metonímica que había encontrado Discépolo para confesar su fascinación por México. Aquel país era Agustín Lara, que lo agasajó no bien pisó suelo mexicano. Cerca de él, una pléyade de compositores e intérpretes del momento: Mario Talavera, Alfonso Esparza Oteo y Gonzalo Curiel, entre los más célebres. También México era el hogar transitorio de algunos artistas argentinos, como la cancionista Amanda Ledesma y el pianista – luego devenido compositor – Héctor Stamponi (Más tarde, peleada con Eva Perón, Libertad Lamarque iniciaría una rutilante carrera mexicana). Y estaba el cine, claro. Para Discépolo, hasta entonces un cineasta de calidad mediana, el futuro palpitaba en sus proyectos cinematográficos. Con ellos fantaseaba. Le habían dicho – o él lo imaginó, lo mismo da – que los mexicanos, con sus industrias culturales en pleno crecimiento, lo esperaban con dinero listo para producir películas. Que el gran Cantinflas quería filmar con él. Que no sería difícil convencer a Arturo de Córdova para que actuara en uno de sus filmes. Y que no daría abasto con tangos nuevos a estrenar en películas producidas por Emilio Azcárrega, el zar de Durango, la Hollywood mexicana. Pero la mayoría de esos sueños se desvaneció. Sólo sobreviviría, al menos por un tiempo, la esperanza de un nuevo amor.

“Los ojos más bellos del cine mexicano”

Si Discépolo dejó correr su fantasía en torno a una consagración total en México, en parte eso fue alentado por el azar, o por una red secreta de hechos y personajes concatenados. También podemos pensar en cómo se entrelazaban en aquellos años la música popular, el teatro y el cine. Eran partes de un mismo circuito. A casi quince años de la irrupción del sonido en la pantalla – Santa, de 1931, fue la primera película sonora mexicana, con canción principal de Agustín Lara -, la música popular y el cine se producían en ámbitos similares. En las películas argentinas abundaban los tangos y las canciones folclóricas, mientras la pantalla mexicana se llenaba de danzones, corridos y boleros. En ese contexto, la figura de Raquel Díaz de León sería sintomática. 

Hija de un militar de la revolución mexicana y amante casi niña de Agustín Lara – ahora el músico salía con María Félix -, Raquel quedó prendada por ese flaco narigón, recién llegado de la ciudad del tango, que se había dejado fotografiar en la escalerilla del avión. Se conocieron pocos días después en el hotel Chulavista, en Cuernavaca, donde Discépolo cenaba con algunos de sus admiradores. Ella lo atrajo de entrada. Según la propia Raquel cuenta en sus memorias (Uno. La biografía íntima de Enrique Santos Discépolo), se puso a cantar “Uno” con el expreso propósito de seducirlo. En efecto, Enrique la escuchó, la vio y se entregó sin luchar. Raquel era una joven hermosa. Como tantas chicas de su edad, hacía teatro y aspiraba a convertirse en estrella de cine. Por su parte, Enrique no estaba atravesando un buen momento en su relación con Tania. “Si yo tuviera el corazón… (el corazón que di)”, había escrito en “Uno”. Al principio tolerado por la cancionista, el romance Discépolo-Díaz de León fue levantando temperatura. Tania cantaba con orquesta argentino-mexicana en El Patio y los enamorados andaban juntos de acá para allá. Ella, 26 años más joven que él, lo veía como titán de la cultura argentina (no se equivocaba), y él se perdía en esos ojos negros que pronto serían llamados por la prensa “los ojos más bellos del cine mexicano”. Pero la delegación de Sadaic tuvo que volver a Buenos Aires para informar de los resultados de la misión societaria. Enrique se despidió de Raquel con un “hasta pronto”, y se instaló con Tania en su nuevo departamento de Avenida Callao. Más ilusionado que nunca con la conexión mexicana, no bien pisó suelo argentino empezó a imaginar cómo sería su retorno al reino del bolero. 

El 10 de enero de 1946, esta vez solo, Discépolo se embarcó en el carguero Río Dulce rumbo a México. Allí lo esperaba Raquel, con la que viviría la segunda y más fogosa parte de su romance. Se mudaron a uno de los Departamentos “Continental” del distrito Federal y allí planearon un futuro compartido. Menos furtiva que la vez anterior, la pareja frecuentó a pleno la vida cultural y social de México. Raquel actuó junto a Luis Sandrini en Cuando el diablo anda en los choclos y Enrique profundizó su amistad con Agustín Lara. Según decían en aquel tiempo, ambos autores tenían varias cosas en común, con lo cual Raquel parecía definirse por un tipo de amante bastante particular. Poco agraciados en el aspecto físico, Discépolo y Lara  habían logrado reponerse, no gratuitamente, de una infancia triste y algo desamparada, para terminar depositando en la canción popular múltiples expectativas. Al principio, Raquel trató de seducir a Discépolo con los vicios que le había conocido a Lara: cocaína y alcohol. Pero enseguida descubrió el carácter soñador del argentino, así como su personalidad absolutamente singular. 

El romance terminó de la peor manera posible. Enterada a través del chismoso profesional Alejandro Guzmán de que su Discepolín estaba nuevamente con Raquel, y que en esta oportunidad estaba decidido a profundizar la relación, Tania cayó en México en junio de ese año. Ensayó un número de grand guiñol, con amenaza de suicidio incluida, y presionó a Discépolo para que abandonara a Raquel definitivamente, aun sabiendo que la joven estaba embarazada. Así fue. El 21 de abril de 1947, sin otra compañía que una partera, Raquel dio a luz a Enrique Luis Discépolo Díaz de León. Sus padrinos fueron los argentinos Luis Sandrini y Tita Merello. Desde Buenos Aires, ya sin volver a salir nunca más de la Argentina, Discépolo sólo supo de su hijo a través de cartas. En los primeros meses, se preocupó por enviar dinero a Raquel. Y también palabras de enamorado: “Me hablas de mi hijo, ¡amor! ¡Qué tremendo instante de profundidad resuelta! ¡Qué tremendo dolor de lejanía insensata! Bésalo con tu boca como si fuera la mía. Apriétalo contra mí, en tu pecho. Y escríbeme siempre. Procuraré entender quién se cobra venganza retrasando mis giros a ti. No tardaré en saberlo. Corro ya hacia el teatro. A hacer el payaso. Con teatros llenos y sin ti. Te tengo abrazada y lloro.” (Buenos Aires, 19 de mayo de 1947). 

Habituado a mezclar los datos de su biografía con las letras de sus tangos – la operación lo había convertido en una suerte de personaje viviente, arlequín de la sociedad porteña -, Discépolo repitió la operación con “Mensaje”, tema inconcluso que terminaría Cátulo Castillo: “Hoy que no estoy me da pena/ no estar a tu lado/ cinchando con vos…”. ¿Le hablaba a su hijo? Tal vez creyó que en sus últimas creaciones podría expresar lo que socialmente terminaría callando para siempre. El 23 de diciembre de 1951, famélico y mortalmente atravesado por los conflictos políticos de la Argentina, el hermano menor de Armando Discépolo moría con la mirada extraviada sobre la ventana de la avenida, por donde hubiera podido visualizar las columnas de simpatizantes de Perón que marchaban hacia la Navidad celebrando la reelección de su líder. La adhesión al peronismo, expresada en la invención de “Mordisquito” para el programa de radio “Pienso y digo lo que pienso”, le había sumado a Discepolín demasiados enemigos. Pero en un plano más privado, él terminó siendo su peor enemigo, al no poder superar los miedos al inexorable escándalo que hubiera generado el reconocimiento del hijo concebido en México con Raquel Díaz de León.

Bitácora de viaje

Las tribulaciones mexicanas de Enrique Santos Discépolo pueden ser evaluadas de muchas maneras. Para una historia privada del tango, aquel viaje dejó a Discépolo como “una hoja enloquecida en el turbión”, para decirlo con uno de sus versos más conocidos. Al regresar a la Argentina, debió convivir con la certeza de que se había comportado cobardemente. Por otra parte, la relación con Tania, tan decisiva unos años antes, se fue desgastando hasta un grado por debajo de la convivencia respetuosa. Algo distanciado de su hermano, su compromiso con el gobierno de Perón terminó por sepultar algunas de las amistades que más había intentado resguardar, en un país polarizado entre peronismo y antiperonismo. Desde esta perspectiva, los años mexicanos cobran un aspecto fatalista, como si fueran los principales responsables del comienzo de una debacle. 

Seguramente, en un balance más imparcial, o menos atado a la totalidad biográfica, la estadía en México no careció de algunos resultados positivos. Finalmente, con Arturo De Córdova, Discépolo filmó Yo no elegí mi vida, si bien en la Argentina. Con los años, dos guionistas mexicanos con los que había trabajado en 1946, Efraín Huerta y Edmundo Báez, llegaron a ser bastante famosos en México. Además, su tango “Canción desesperada” fue cantado por Libertad Lamarque en el film homónimo, mientras el proyecto frustrado de filmar con Jesús Gabaldón al menos dejó como saldo el tema “Fangal”, estrenado después de la muerte de su creador. Desde mediados de los 40, la popularidad de Discépolo entre los mexicanos creció exponencialmente. Es posible que este inventario tenga sabor a poco, pero no caben dudas de que un Discépolo menos afectado por razones afectivas hubiera podido hacer un balance más matizado, incluso albergando expectativas de retomar más adelante algunos de los proyectos iniciados entre 1944 y 1947.

Más ampliamente, está claro que la relación de Discépolo con México nos permite advertir las influencias recíprocas entre el tango y el bolero. Más allá de lo que el propio Discepolín vertió sobre la preponderancia de la canción mexicana, lo cierto es que ambas especies gozaban de una amplísima popularidad. Las unía el discurso amoroso, que sin embargo revestía formas diferentes en uno y otro caso. El romanticismo desinhibido de los últimos tangos de Discépolo habla de un giro en la temática y el lenguaje del tango canción en general. Finalmente, las culturas populares de uno y otro país estrecharon distancias, contra el lugar común que dice que los argentinos “bajaron de los barcos”, y que por lo tanto nunca se sintieron parte esencial de América latina. En definitiva, no sólo las personas se enamoran y seducen más allá de las fronteras nacionales. También suelen hacerlo las músicas que más fielmente los representan.