Martín Robbio Trío y Los Guevaristas

Por Sergio Pujol

Cualquiera sea la idea que se tenga de una música “de tierra”, es probable que esta se relacione con algo concreto y corporal, que asciende a partir de una base sólida. Una expresión sonora que nace de un cuerpo que le exige mayor equidad a la mente, esa vieja tensión de nuestro Occidente moderno. Como tan agudamente lo ha escrito el musicólogo José Miguel Wisnik, las músicas populares, en tanto asentadas en el pulso rítmico y la repetición periódica, son producto de un cuerpo relegado a su mismidad somática. Esta cadena de sentidos —tierra, cuerpo, ritmo— está presente en el nuevo disco del pianista Martín Robbio y su trío (Juan Fracchi en contrabajo y Ariel Sánchez en batería), aquí aumentados por la presencia clave de un grupo de percusionistas conducidos por el solicitadísimo Facundo Guevara (Los Guevaristas, así llamados, justa y graciosamente).

En línea con sus dos discos anteriores —El mismo río (2015) y Parresía (2012)—, Robbio vuelve a explorar la tradición del piano de proyección folclórica. Dicha tradición tuvo su año cero en Eduardo Lagos: no casualmente el disco se abre con su tema “La bacha”, compuesto en 1949. “La bacha” ocupa en el canon del folclore el lugar que “Negracha” de Pugliese ocupa en el del tango. Desde entonces pasó mucha música en la Argentina. Ahora Robbio, tributando a sus afinidades electivas, se atreve a una mayor apertura del visor. En Tierra hay libertad tanto en la selección del material (conviven amicalmente “Elvin (Sir) Jones” de McCoy Tyner con “Chegada” de Nana Vasconcelos, y “Los caballos” de Alice Coltrane con “Hymn” de Marty Ehrlich) como en los desarrollos instrumentales, en general de orientación jazzística pero sin abuso de séptimas aumentadas ni solos extensos.

Se trata de una música diversa pero al mismo tiempo focalizada en secuencias repetitivas de las que suele salirse más por contigüidad que por continuidad. Veamos ejemplos. El tema de Alice Coltrane deriva en una suerte de descarga afrocubana. “La ida y vuelta”, de Cuchi Leguizamón, arranca como una guaracha antes de revelar su identidad de chacarera. “Toda la pampa” de Oscar Alem —tal vez el momento más exquisito del disco— se desliza, en su articulación con “Nadie arriba, nadie abajo” de Nora Sarmoria, de las huellas bonaerenses al clima caribeño. En estos desplazamientos inspirados en cierta preocupación musicológica (Mamá África nos ha marcado más allá de la evidencias superficiales), Robbio juega con el efecto sorpresa, un cierto suspense fundado en el develamiento de los lazos secretos entre diferentes tradiciones populares.

En cierto modo seguidor de la música libre de encasillamientos de Juan “Pollo” Raffo —autoralmente presente en “Meléndez”—, Robbio es un pianista impecable, dueño de una técnica y una sonoridad que magnetizan. Pero, a diferencia de muchos tríos hegemonizados por su conductor, aquí las cargas están bien repartidas, en parte porque la variable armónica ha perdido su centralidad a favor del ritmo. Mucho le faltaría a esta música sin el punzante contrabajo y la batería conversadora, pero sobre todo sin el set de percusión: bombo legüero, congas, maracas, zurdo, cajón peruano, campanas, repique y otras superficies tocadas. Relación horizontal y dialógica: en “Thula Mtwana”, piano, contrabajo y voz (a cargo de Victoria Zotalis) toman y alternan el motivo principal creando una textura que no necesariamente dictamina el piano, mientras que la versión de “El chancho” de Dino Saluzzi no sería tan bella sin la cadencia de contrabajo con arco.

 

 Martín Robbio Trío y Los Guevaristas, Tierra, 2016.