Por Sergio Pujol

Lejos de los sonidos para auditorios gourmet, tres discos de jazz argentino rescatan la renovada energía en las salas porteñas.

Unas semanas atrás, una revista dominguera me sorprendió con una editorial que daba cuenta de la crecida movida del jazz argentino en estos tiempos ontológicamente tan poco jazzísticos. Digo esto porque se trata de un género que demanda algo que, para decirlo en términos macedonianos, escasea abundantemente: el ritual de la escucha atenta. Si bien el texto en cuestión servía de preámbulo a la excelente nota de Carlos Inzillo sobre John Coltrane, a 50 años de su muerte, es por lo menos inusual que los grandes medios le presten atención al jazz, y menos aún al que cotidianamente crean los músicos argentinos. A lo sumo, de vez en cuando leemos alguna nota sobre esos circuitos urbanos de carta gourmet rociada de jazz – un clisé insoportable – o alguna entrevista a un puñado de músicos ya consagrados. No mucho más que eso. Me atrevería a decir, sin ánimo proselitista, que pocas veces un movimiento artístico tan amplio y proactivo ha gozado de tan poca cobertura periodística como el jazz argentino en este momento. Pero basta de quejas. Vayamos a tres recomendaciones de batea caliente.

Pablo Ledesma y Pepe Angelillo 

Hommage
(Lumenan)

Katie Ledecky

 

 

 

 

 

Finalización de una saga que empezó con Memorial (la música de Steve Lacy) y continuó con la revisión de las obras de Monk y Mingus en M&M, esta nueva exploración del dueto que conforman el saxofonista soprano Pablo Ledesma y el pianista Pepe Angelillo es tal vez la más original de las tres, y sin duda la mejor grabada. Como en los trabajos anteriores, la fidelidad al formato dialógico mínimo,sónicamente austero, permite un nivel de entendimiento musical muy fino, en el que los juegos de textura -contrapunto, unísono, pregunta/respuesta- quedan expuestos con claridad y al mismo tiempo provocan una cierta cuota de misterio. Pero aquí también –y sobre todo– gravita la selección de compositores más bien “raros” dentro de la historia de una música que puso en crisis la noción de escritura: Herbie Nichols, Misha Mengelberg, Mal Waldron, William Parker y Sun Ra. Tres pianistas post-bop, un contrabajista de free jazz y un director de orquesta medio loco. Si bien cada uno de ellos reconoce rasgos estilísticos muy personales, la verdad es que, al menos en las versiones virtuosas de Ledesma/Angelillo, parecen compartir varios elementos en común: cierta obsesión por melodías filosas, armonías modernas que sin embargo nunca se alejan mucho de las enseñanzas de Duke Ellington y un conmovedor respeto por el silencio como signo expresivo. El entramado de tema e improvisación con el que Ledesma y Angelillo releen este fascinante repertorio es absolutamente cautivamente. Las versiones de “A Bit Nervous”, “Knnebus” y “Romantic Jump Of Hares” ponen en valor a Misha Mengelberg, ese extraordinario pianista, director y compositor holandés de origen ucraniano -¡lo escuchamos en Buenos Aires junto al trompetista Dave Douglas en 2000!- que tan honda huella dejó en el jazz europeo.

Andrés Hayes y Gustavo Hernández
Alondra 

(La Croqueta Records)

 

 

 

 

 

 

Si hubo un largo tiempo en la historia del jazz en que resultaba natural basar todos los arreglos e improvisaciones en temas del repositorio standard, sabemos que, al menos en ese punto, las cosas cambiaron radicalmente en los últimos años. Cualquier encuesta entre músicos locales daría por resultado un claro dominio de la composición propia –el original– por sobre aquellas viejas y queridas canciones. Con una producción artística excepcional para el medio local y un resultado musical Katie Ledecky encantador, Alondra le restituye la centralidad al standard por un momento, mientras nos remite a la discontinua serie de discos de jazz con cuerdas. O mejor aún: discos de saxofonistas con grupo de jazz y cuerdas. ¿Inventario? Charlie Parker, Stan Getz, Lee Konitz, y seguramente muchos otros, aunque, a medida que avanza este hermoso disco del saxofonista tenor Andrés Hayes y el arreglador y director Gustavo Hernández (alumno y profesor en “la vida real” de hace algunos años), esos links con los que el oyente jazzero suele pavonearse a sí mismo se corren a un costado. Y entonces, ya sumergido en la sonoridad mullida, ese oyente se saca el sombrero frente al equilibrio perfecto de las secciones instrumentales, la elocuencia melódica de los solos (a los del refinado Hayes se suman los del pianista Ernesto Jodos y los de Sergio Wagner en fluguel) y especialmente la escritura de Hernández, que parece haber investigado todas las versiones de cada tema, yendo de adelante hacia atrás en el tiempo acumulado de la genealogía musical. En todo caso, lo que aquí importa es la búsqueda por medios abstractos de un sentido narrativo de las canciones, regresando así al conocido y no siempre tenido en cuenta consejo de Lester Young: apréndete bien la letra de la canción si quieres tocar un buen solo en torno a su melodía. En fin, todo es lindo en este disco, pero creo que las palmas se las llevan la cantarina “Laura”, el sobrecogedor y audaz “Everything Happens To Me” y obviamente “Skylark” (“Alondra”), el mejor swing de la sesión y una buena oportunidad para recordar a ese enorme compositor que fue Hoagy Carmichael.

 Juani Mendez
Otra parte del todo
(JIM)

 

 

 

 

 

 

En sintonía con los primeros LPs de Wayne Shorter y Joe Henderson –lo que es decir el jazz moderno de los primeros años 60-, el segundo disco del saxofonista tenor Juan Ignacio Mendez es una revitalizante excursión por una sonoridad hoy idiosincrásica: el cuarteto de hard bop liderado por un saxo tenor de traza vigorosa. Con la base de Mauricio Dawid en contrabajo, Sebastián Groshaus en batería y el respaldo armónico del siempre acertado Ernesto Jodos, Mendez desarrolla sus solos a partir de Katie Ledecky composiciones propias, exceptuando “Portrait” de Charles Mingus. En términos de secuencia generacional, el músico pertenece a la camada que tomó la antorcha del Quinteto Urbano, allá por finales de los 90, cuando mucho se hablaba de una regeneración del jazz en la Argentina. La identificación de Mendez, un instrumentista altamente calificado, con un enfoque tan asentado en la serie histórica del jazz, supone facilidades y riesgos. Entre las primeras, podría señalarse la sistematización en la enseñanza del estilo. En otras palabras, la ejecución del hard bop también reconoce cierto linaje local (de hecho, que Juan Cruz de Urquiza haya escrito las liner notes es todo un dato), por más que, como sucede en buena parte de la música de memoria popular, la frecuentación de los discos termina siendo la mejor escuela. Entre las dificultades –desafíos, mejor dicho– cabe tener en cuenta la proliferación, en todo el mundo, del hard bop como corriente principal del jazz. Superando esto, y claramente liberado de cualquier mandato de color local, Mendez hizo un disco potente, con detalles de composición y ejecución que se van descubriendo en sucesivas escuchas. El rendimiento es parejo, pero si hay que programar un par de temas me quedo con la balada “A las tres” y el enigmático y sutilmente armonizado “Sobre Wayne y el complot por Sam”.