Leonardo Piantino

Por Sergio Pujol

¿Cuánto tiempo puede tomarse un músico entre la composición de un tema y su grabación definitiva? Los doce años transcurridos entre la escritura de “Canción para el quinteto” y el registro discográfico que lo contiene nos alecciona no tanto sobre la pachorra del jazzman argentino Leonardo Piantino, por largo tiempo liberado del mandato de tener discografía propia, como sobre el modus operandi de un género de producción nunca definitiva, en el que lo que vale es más la serie que la pieza, la secuencia de trabajos en proceso antes que la obraconcluida y recortada del todo.

En cualquier escena de jazz —y quizá en la argentina de modo particular—,  uno se lleva la impresión de que todos tocan con todos, en un estado de socialización musical constante, pero al mismo tiempo dentro de los confines de eso que Boris Groys llama comunidad transitoria. Escena fértil para intercambio de ideas compositivas e interpretativas —que en la lógica del jazz suelen ser etapas indiscernibles—, la música de improvisación en la Argentina de hoy no da tiempo al reseñador, de tan buena que es. Sin embargo, no siempre nos topamos con un combo del ajuste, el empuje virtuoso y la riqueza de solos como el que logró reunir Piantino, un saxofonista “alto” santafesino que, más allá de un par de grupos y colaboraciones anteriores (hizo lindas versiones de música de Frank Zappa), acaba de irrumpir en nuestra discoteca con alta voz. Ya les hicimos un lugarcito a sus próximos discos, que seguramente no demorarán otros doce años en llegar.

Podría decirse, dentro de la premeditada carencia de estrellatos de la cultura del jazz, que tenemos aquí un seleccionado de generación intermedia (son jóvenes, pero los hay más jóvenes), que quizá no azarosamente provienen —o han sabido orbitar alrededor de— la ciudad de Rosario y sus extramuros: Mariano Loiácono (trompeta), Julio Kobryn (saxo tenor), Franco Espíndola (trombón), Leo Genovese (piano), Juan Bayón (contrabajo) y Sebastián Mamet (batería). Sobre el formato de quinteto como punto de partida —de grandes quintetos está pavimentado el camino del jazz moderno—, los instrumentos van rotando en un juego de timbres y temperamentos que pone en valor un corpus “original”. Sobre la basa del siempre eficaz hard bop, se dibujan trazos de la contemporaneidad del género; quizá lo más “contemporáneo” en sentido estricto sea la contigüidad de episodios o módulos y la entrada y salida (aunque las salidas nunca son por mucho tiempo) de la tonalidad.

La música de Piantino no llega a ser ecléctica, pero es multifocal, se mueve de una manera atrayente. ¿Inventario? El motivo de seis notas a manera de llamada engañosa en “Canción para el quinteto” evoca los temas más poderosos del siempre poderoso Kenny Garrett. La sinuosa melodía de encantador de serpientes de “De algún lugar” —no hay aquí licencia poética: Piantino reconoce influencia del saxofonista indio-estadounidense Rudresh Mahanthappa— encastra perfectamente en la forma del standard. El soul jazz de “Free Pop” se pierde de pronto en un bosque de creación libre colectiva para recomponerse parcialmente hacia el final. El espectro de Coltrane visitó el tema “Vi gente gritando en la calle” y seguramente sonrió al escuchar el impresionante solo del muy acreditado Genovese. La combinación de métricas impares en el cambiante y sutilmente blusero “Ya es hora” se desarrolla en un ámbito semiorquestal (es el momento en el que vuelvo a consultar la información del cuadernillo para ver si se agregaron más músicos). Y “Jalapeño”, un tema con chispa funky, juguetea con el free sin que dejemos de marcar el ritmo con el pie.

Tal vez esa extemporaneidad de estilos combinados con la que Piantino parece rebatir la acusación de autoplagio que suele formulársele a la música del siglo XXI sea el signo de nuestro tiempo. El modo jazzístico de estar en el mundo de hoy.

Leonardo Piantino, Ya es hora, :e(m)r;, 2018.