A 30 años de su muerte, un recuerdo de Chet Baker, un ángel fatal del jazz, el músico que más enterneció y espantó a sus contemporáneos.

Varios años atrás, en oportunidad de un taller de improvisación en jazz que brindó en la escuela de música platense EMU, el guitarrista Philip Catherine hizo una declaración temeraria. Mientras explicaba qué escalas podían emplearse en determinadas estructuras armónicas, dijo algo así: “Chet Baker tenía un instinto increíble. En un solo, nadie elegía las notas como él. Tanto fue así, que Miles Davis decidió cambiar su estilo porque sabía que en ese terreno no podía competir con Chet.”

Un silencio incómodo aconteció. La música de Baker tenía calidad, sus interpretaciones vocales eran raras y originales y su azaroso perfil de personaje de novela de Jack Kerouac era sin duda icónico. Pero al lado del Picasso del jazz, no cabían comparaciones posibles. Por otra parte, Catherine, un músico muy competente, había tocado un tiempo con Chet, que solía preferir los guitarristas a los pianistas. La verdad es que no había dicho “Baker fue mejor que Davis”, sino que aquel Baker –el prístino muchacho que muchos comparaban con James Dean- era mejor selector espontáneo de notas que aquel Miles, el solista un tanto dubitativo que, si bien ya talentoso, aún no había encontrado su fabuloso quinteto.  Era como decir que Chet había sido un dibujante eximio, quizá sin llegar a ser un gran pintor. Pero aun así, oídas en una escuela de música en una de cuyas paredes colgaba la foto de la portada de Tutu, aquellas palabras no cayeron bien.

Con los años, creo haber entendido el sentido de lo que dijo Catherine. En jazz, como seguramente en otras formas culturales, están los artistas que necesitan cambiar constantemente para no morir y aquellos que, habiendo inventado algo en el amanecer de su creatividad, lo van depurando durante el resto de la vida. Una cierta sobrevaloración de la innovación perpetua, esa condición del ethos moderno, nos induce a pensar que los de la primera clase son, per se, superiores a los de la segunda. En el caso de Baker, que indudablemente admiraba a Miles –uno de sus primeros enamoramientos musicales había sido el disco The birth of cool de 1949, piedra basal del estilo que el propio Chet encarnaría hasta las últimas consecuencias-, tocar la trompeta del modo más bello posible fue su gran utopía personal. Derruido por su temprana y curiosamente extensa adicción a la heroína, obligado a discontinuar su carrera a causa de la tremenda paliza que ligó en San Francisco a mediado de los años 60, Chet tocó de un modo fresco y al mismo tiempo exquisito hasta el trágico final, del que ahora se cumplen 30 años.

“No creo que mi música vaya a cambiar mucho en el futuro”, advertía poco antes de su muerte en una entrevista para la televisión holandesa. “Seguramente seguiré tocando parecido a como lo hago hoy. Todavía estoy intentando buscar nuevas formas de utilizar esos acordes y progresiones que tocamos constantemente, pero colocándolas en diferentes situaciones, en arreglos distintos. Ese es el reto de la improvisación. Pienso que es infinito.”

El fotógrafo William Claxton lo recordaba como un joven al que le gustaba posar frente a una cámara. “Dimanaba como un imán, el carisma era algo nuevo en los años 50”, aseguraba Claxton, autor de aquellas fotografías del Adonis frágil acariciando la trompeta, resguardado por hermosas mujeres sin nombre. Por entonces el rock and roll era más un eczema adolescente que un verdadero género musical. El jazz moderno se había vuelto muy intrincado, mientras el clivaje de costa a costa signaba pendularmente la lógica estilística de la época. Se decía que en Nueva York y alrededores (East Coast) los músicos negros le habían dado una vuelta de tuerca al bebop, volviéndolo más visceral. En Los Angeles y San Francisco (West Coast) las cosas transcurrían más tranquilamente, bajo el sol del Pacífico y en el contexto de la vida opulenta de la posguerra norteamericana. También se decía que los músicos que se desempeñaban en la órbita de Hollywood eran excelentes lectores, siempre dispuestos a interpretar los arreglos más sofisticados sin que se les moviera el jopo. Pero no eran dos mundos completamente diferentes: el jazz florecía de costa a costa a través de permanentes intercambios.

Y entonces apareció Chet. Hoy lo vemos como una estampa que sintetiza aquel ambiente. Sin embargo, poco en común tenía con el resto. Prefería la noche al día, no tenía ninguna facilidad para leer partituras y no lo impresionaba saber que Arnold Schoenberg era vecino de Los Angeles. Venía de la rústica Oklahoma; no era difícil imaginarlo con atuendos de cowboy por más que luciera como atildado hombre de ciudad. Estando en el Ejército, lo habían destinado al regimiento 298 de Berlín, en plena guerra fría. Su primer héroe de la trompeta había sido el radiante Harry James, pero luego, sin nada que hacer allá salvo tocar marchas de De Souza, había descubierto los discos de Dizzy Gillespie. Y los de Stan Kenton. Y los de Charlie Parker. Ya de regreso en su país, se labró una modesta fama local en clubes californianos –se sabía, de oído, todas las canciones románticas del siglo XX estadounidense– y en 1952 fue elegido por Charlie Parker para tocar con su quinteto en el Tiffany Club de Los Ángeles. Algunos se irritaron por la elección de Bird. ¡Con todos los buenos trompetistas que había por ahí, justo vino a elegir al carilindo que tocaba melodías bonitas!

Pero si quedaba alguna duda del precoz talento de Baker, esta se disipó completamente ese mismo año, cuando formó junto a Gerry Mulligan un cuarteto sin piano. Prescindiendo del rey de los instrumentos, una trompeta y un saxo barítono jugaron alrededor de canciones muy conocidas, sobre un ritmo ligero como una pluma. Era la mejor prueba de que el sol de California no derretía el swing. A partir de ese momento, una seguidilla de encantadores discos junto al grupo del pianista Russ Freeman para el sello Pacific Records colocó a Chet Baker en la cima del jazz. Llegaron bolos en el cine – generalmente haciendo de… Chet Baker -, un disco vocal bastante controvertido e influyente –en Brasil, el joven Joao Gilberto tomó nota de tanto relax para cantar –, otro disco con cuerdas y un par de triunfos en las encuestas meritocráticas de las revistas Metronome y Down beat.

Pero la droga mató al joven Baker y dio vida prematura al viejo. Luego de su primer viaje a París en 1955, intentó, sin éxito, una cura de desintoxicación. Poco después fue detenido y encarcelado. En 1959 se fue a Europa nuevamente, para terminar condenado a 16 meses de cárcel por un tribunal de Lucca, Italia. De ese vaivén no saldría jamás. Sólo su trompeta, ajena a toda desventura, se mantuvo intacta a través de los años. Más que un diario personal de sus sucesivas caídas –la última, la fatal, se produjo en la vereda de un hotel en Ámsterdam la madrugada del 13 de mayo de 1988-, la música de Baker terminó siendo el refugio privado de una juventud perdida.

Como explicó Catherine, el sentido constructivo de Baker era sorprendente. Podría decirse que jamás tocó un clisé de bebop, rehuyó de los riffs fáciles y se mantuvo siempre a distancia de las notas sobreagudas y las frases veloces. Prefería los tonos más bien graves (de niño había intentado tocar el trombón) a los brillantes, y soplaba con cierto abandono, a veces en el límite de la indiferencia, como si se auto impusiera restricciones a su afición casi enfermiza por el repertorio romántico. Aun en sus peores momentos, Baker nunca dejó de ser aquel trompetista de la vita contemplativa de cuyos labios seguían saliendo variaciones de una América que ya no existía. Evidentemente, no se llevó bien con la revolución cultural de los 60, por más que la narrativa de su vida marginal había anticipado algunos aspectos de los nuevos tiempos.

Estando en las malas, trabajó en estaciones de servicio del medio oeste, tocó con mariachis una música anacrónica, perdió toda su dentadura superior e hizo y deshizo parejas al compás de su belleza residual (la más paciente fue Carol, que en los 90 rescató unos apuntes escritos por Chet a manera de memorias adelantadas y los publicó bajo el título As though I had wings). Cuando literalmente ya nadie daba un peso por él y el olvido absoluto rondaba su puerta, en 1974 regresó al Carnegie Hall al lado de su viejo compañero Gerry Mulligan. Se fue de allí ovacionado.

Deep in a dream: así tituló James Gavin su biografía. En efecto, desde lo profundo del sueño americano, Baker bombeó con heroína sus venas mientras de su trompeta brotaban viejas baladas y canciones de amor: “My funny Valentine”, “Just Friends”, “Almost blue”, “Let´s get lost”, “There Will never be another you”, “Time after time”, “Love for sale”… Es sorprendente todo lo que grabó, pero yo recomendaría especialmente sus tomas tardías. Quizá ya no tuviera allí la destreza que hizo transpirar a Miles y a muchos otros, pero el toque de sus labios seguía siendo fascinante. De hecho, había ganado en espontaneidad, riqueza armónica y un canto más volcado al scat. Busquen los discos The touch of your lips>/i> de 1979 y Someday my prince Will come de 1983, ambos con Doug Raney en guitarra y Niels-Henning Orsted Pedersen en contrabajo. Otro imperdible es Diane, con Paul Bley (1985). O el estupendo Blues for a reason de 1984, en quinteto con el saxofonista Warne Marsh.

En cuanto a filmes, el documental Let´s get lost de Bruce Weber (1988) es impresionante, y nada mal está la biopic Born to be blue de Robert Budreau, con un excelente Ethan Hawke en la piel del músico de jazz que más enterneció y espantó a sus contemporáneos.


Sergio Pujol es historiador y escritor. Su libro más reciente se titula Oscar Alemán, la guitarra embrujada (Planeta, 2015). En 2017 reeditó, en versión ampliada y corregida, Discépolo, una biografía argentina (Planeta). Sus notas y artículos pueden leerse en sergiopujol.com.ar” .

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