Las 365 canciones de Los Rolling Stones son analizadas en un libro que remarca la impronta de Jagger y Richards en los años de la contracultura.

Nadie acabará con los libros –su larga conversación con Jean-Claude Carrière-, Umberto Eco cuestionaba la completitud de la memoria de la siguiente manera: “Es probable que un historiador pueda encontrar los nombres de todos los que participaron en la batalla de Waterloo, pero esos nombres no se enseñan en la escuela, ni tampoco en la universidad, porque son detalles innecesarios, o aún peligrosos”.

Innecesario, peligroso… e irresistible. El afán de saberlo todo, o al menos de tenerlo todo a mano –que obviamente no es lo mismo- aqueja al mundo de la cultura contemporánea al punto de haber desplazado la razón teórica a un segundo plano. Abonado por el acceso electrónico a la información y cultivado por el suministro en streaming, el de la música popular es un campo particularmente propicio para el ejercicio de la memoria inútil. Hablamos de orquestas y bandas como si fueran ejércitos libertadores; de fechas de ediciones discográficas, como el Antiguo Testamento lo hizo de los tiempos idos; de canciones olvidadas, como quién rescata vestigios de una civilización perdida que merecía otro destino. Nos cansamos de rodear el fenómeno de la música de información vulgar y exquisita, acaso como respuesta resignada a su inefabilidad ontológica.

Con la reciente edición de Los Rolling Stones. La historia detrás de sus 365 canciones (Blume, 2018), los franceses Philippe Margotin y Jean-Michel Guesdon han completado la exégesis de la santa trilogía que iniciaron con libros similares dedicados a The Beatles y Bob Dylan. A simple vista, podría decirse que este volumen y los anteriores pertenecen al rubro “contando soldados de Waterloo”. Sin embargo, la calificación no sería del todo justa. Son libros que fijan contextos, sitúan las canciones en perspectiva y abren ramificaciones interesantes, especialmente las que conducen a otras versiones, otros intérpretes. Recorrer las páginas en modo random es una tentación absolutamente lícita -¿acaso estas obras de referencia no invitan a transgredir con la lectura el orden cronológico de la escritura?-, alentada por una edición lujosamente ilustrada, de diagramación dinámica y estéticamente concebida (Un libro sobre música que se lee y se mira como un libro de arte: ¡750 páginas para escuchar!).

Katie Ledecky

Sin embargo, la lectura más recomendable es la que sugiere la línea de tiempo. Sólo así el trajinar obsesivo de Margotin y Gesdon, con sus rarezas y detalle técnicos –ese bajo Gibson EB-3 que Wyman utilizó en 1973, la Fender Telecaster de Richards en “Hot Stuff”, la Gibson Les Paul Sunburst de Taylor en “Sway”, y así ad infinitum, o casi- contribuye a una mejor comprensión del lugar histórico de los Stones en la cultura musical moderna. Como es sabido, se iniciaron en el mundo de las grabaciones con “Come On” de Chuck Berry, grabada para Decca el 10 de mayo de 1963. Y 52 años más tarde registraron “I Can´t Quit You Baby” de Willie Dixon, el último corte del álbum blusero Blue & Lonesome. La primera conclusión que podemos sacar de esta parábola fascinante es que los Rolling Stones comenzaron y terminaron con canciones no originales. Canciones de otros autores. Toda una paradoja –no la única– en la era del paradigma Beatle de creación. He ahí el clasicismo de los Stones, y en cierto modo también el tipo de transgresión en la que incurrieron: su amor al blues de Chicago, su asumida norteamericanización, su idea del vivo como un insumo vital para la banda e, incluso, su pereza inicial a la hora de componer.

Desde luego, una vez puesto en marcha, el cuerpo de temas de Jagger y Richards (los Glimmers Twins de la historia de la música) fue superlativo, pero el placer de tocar cosas de negros nunca se disipó del todo. De vez en cuando, en medio de la vorágine de autoría propia, aparecía un Willie Dixon o un Muddy Waters. Inmediatamente, sus almas transmigraban al mundo Stone. En ese sentido, es posible que, al interpretar “Stop Breaking Down”, The White Stripes haya tenido en mente a los Stones y no a su autor, el mítico Robert Johnson. En ocasiones, temas originales le hacían un guiño al songbook afroamericano: la relación de “(I Can´t Get No) Satisfaction” con “30 Days” de Chuck Berry es bastante conocida, pero no es única en la poética intertextual de la banda.

La secuencia de 365 temas se puede escuchar como un doble registro: de los vertiginosos cambios socioculturales protagonizados en (por) el mundo joven y, al mismo tiempo, de aquel pasado invisibilizado por el mainstream. Un enlace mágico entre el ayer en blanco y negro y un presente de colores psicodélicos. El revisionismo musical que los Stones encararon desde el primer liderazgo de Brian Jones -no en vano los muchachos se habían fogueado en las filas de Blues Incorporated, la banda de Alexis Korner y Cyril Davies– fue un verdadero pronunciamiento político, por más errática o confusa que pudiera resultar la ideología de sus actores.

La sociedad Jagger/Richards funcionó gestálticamente, un poco a la manera de la de Lennon/McCartney, pero al mismo tiempo de un modo misterioso. Nuevamente, el ethos performativo del grupo desvió la atención de la escritura a la interpretación. Es lógico: todavía en el álbum Out Of Our Heads de 1965, sólo cuatro canciones llevaban la firma del nuevo tándem. Pero, ¿cómo nacieron aquellas grandes canciones, el núcleo duro del repertorio universal de los Stones? Richards dijo una vez que él solía concebir el riff y el estribillo, mientras Mick se hacía cargo de las estrofas. La división parece razonable: la lírica de aires folks de las estrofas en la voz cantante, la propulsión melo-rítmica en los acordes bluseros de la guitarra. Más allá de sus roces y entredichos –las parejas longevas son veteranas de micro batallas-, Jagger y Richards coronaron el ideal de integración autoral como ningún otro artista de su tiempo. Y en esa integración lograron una variedad estilística más amplia que la que suele reconocérseles.

ganchosLos Stones encararon un revisionismo cultural desde el primer liderazgo de Brian Jones.

La summa analizada por Margotin y Guesdon permite explorar los distintos pliegues de la memoria Stone. Pero es difícil contradecirlos cuando afirman que el mejor momento fue el que transcurrió entre 1966 y 1972. Diga el lector, rápido y sin repetir, cuáles son las grandes canciones de la banda que más y mejor conoce. Seguramente surgirán “Paint It Black”, “Let´s Spend The Night Together”, “Ruby Tuesday”, “Honky Tonk Women”, “You Can´t Always Get What You Want”, “Sympathy For The Devil”, Street Fighting Man”, “Brown Sugar”, Tumbling Dice” y unas cuantas más, todos frutos de los años más alocados y cambiantes. El poder cuestionador de aquellas canciones, aun con sus derrapes sexistas (“Stupid Girl” o “Under My Thumb”, por caso), refiere a un tiempo particular de la música pop, pero también a la enorme capacidad de los Stones para ser antenas de las mejores frecuencias de su generación. “Ayer era la sociedad de consumo (con fondo de frustración sexual) la que se ponía en la picota; ahora es el final de la utopía de la década de 1960 lo que se celebra”, observan los autores al comparar “(I Can´t Get No) Satisfaction” con “You Can´t Always Get What You Want”.

¿Podemos entender la vida de un artista, cualquiera sea su disciplina, centrándonos en su obra? A esta pregunta, que suele mortificar a los biógrafos, Margotin y Guesdon parecen responder con optimismo y cierta ingenuidad romántica. De hecho, su libro se puede leer como una biografía de la banda. Cada canción es analizada en dos partes o secciones: “Génesis” y “Realización”. Estos momentos, en algunos casos inalienables, definen un modelo narrativo. Y como en toda biografía, aquí también abundan actores secundarios y de reparto. Y zonas grises, un tanto desconocidas, apenas vislumbradas.

El tono conjetural le sienta bien a un libro excedido de certezas. ¿Fue Jimmy Page el guitarrista en “We´re Waiting Time”? ¿Cabe reconocer a Carly Simon como coautora con Jagger de “Till Next Goodbye”? ¿Qué cierto hay en el rumor de que John McLaughlin soleó en “Try a Little Harder”? ¿Participó Tom Waits en la grabación de “Sleep Tonight”? La verdad es que estas dudas se podrían haber resuelto con relativa facilidad. (“Oye, Tom. ¿anduviste por ahí aquella tarde?”). Pero tal vez quienes las formularon quisieron dejar abierta algunas puertas a la imaginación. Eso que despiertan en nosotros las grandes canciones.