Por Sergio Pujol

La inevitable foto de los integrantes de Escalandrum sentados en las escalinatas de los estudios de Abbey Road quizá sea, para las generaciones de la era post-Beatles, un equivalente extemporáneo – y seguramente más módico – de lo que en su época llegaron a ser los fotogramas de un Gardel mundano paseando por Manhattan. Pero más allá de asociaciones icónicas un tanto caprichosas – amén del hecho de que prácticamente ya no existen Mecas en el mundo de la música creativa -, Studio 2 es una magnífica prueba del nivel alcanzado por un grupo argentino que se anima a explorar allende el neoclasicismo jazzístico. En Buenos Aires, en Londres o en donde sea.

Escalandrum expresa, desde una fuerte impronta sonora, una determinada visión del jazz. Una visión desde el sur, pero ahorrándonos obviedades localistas. Este onceavo disco del grupo parece sintetizar algunas de las vertientes exploradas anteriormente – cabe recordar que venían de incisivas lecturas de Ginastera y Mozart, y antes habían recreado a Astor Piazzolla en clave de improvisación idiomática – pero agregándoles, si vale decirlo así, un grado mayor de intensidad en las individualidades y en los diálogos de algún solista con ese delicioso mini ensamble de saxofones ya tan característico de la formación. Desde “Acuático”, sobre el veloz platillo swing de Pipi Piazzolla, las armonías por cuartas del piano de Nicolás Guerschberg y el poderoso solo de saxo tenor de Damián Fogiel, se advierte que tanto el material como la ejecución no darán respiro. Que volveremos a encontrar, tal vez perfeccionadas, las marcas distintivas del sexteto: su fuerza rítmica, sus movimientos de voces, sus matices dinámicos – no es algo que abunde en el jazz de hoy -, la elocuencia de sus solistas (todos para uno, uno para todos) y esos fondos de milonga sublimada que suelen aparecen aquí y allá, entre otras marcaciones, como signos de un lugar geográficamente lejano a Abbey Road.

Cada vez que los escucho me sorprende la utilidad que Escalandrum le da a cada una de las partes que lo constituyen. Cómo arman, como mueven, como sacan y ponen según las necesidades compositivas. Eso es arreglo, se dirá. Sí, es arreglo. Pero es también entendimiento profundo entre los músicos para avanzar sobre temas nuevos, poniendo en valor esa primera unidad indivisible que es el sonido del instrumento. En un momento del bellísimo lento de “Lolo”, elstacatodel saxo barítono de Martín Pantyrer suma un color que faltaba, o mejor dicho que aun no habíamos identificado totalmente. En el enigmático “Sevilla”, el solo de saxo alto de Gustavo Musso abre una secuencia de improvisaciones que cerrarán, expansivamente, la batería y el contrabajo del estupendo – y en este disco más solicitado que nunca – Mariano Sívori.

Diríase que estos instrumentos son como personajes que siempre tienen algo interesante que decir. A veces un parlamento completo, otras un comentario o apostilla. Hablan en torno al jazz, pero no restringen la conversación al temario más conocido del género. Son seis, pero a veces parecen una orquesta, y otras un dueto o un trío. Variar y desplazarse ágilmente dentro de una identidad musical definida es su proeza. En Buenos Aires, en Abbey Road o en donde sea.

Escalandrum, Studio 2, Warner Music, 2018.