Dirigida por Bradley Cooper, Nace una estrella tiene la fortuna de contar con la siempre interesante y nunca del todo aprehensible Lady Gaga.

¿Cuántas remakes resiste un filme clásico? Afín a las actuales preocupaciones de la industria del cine, la pregunta posiblemente sea una de las más acuciantes entre quienes creen que aún hay vida más allá de las series de Netflix. Y sus posibles respuestas seguramente dependan más del brillo de los elencos que del oficio de la adaptación, toda vez que Hollywood sigue en pie – ¡parece mentira! – gracias al antiguo sistema de estrellas.

En el caso de A star is born (Warner Bros, 2018), hecha por primera vez por William Wellman en 1937, la tercera adaptación –sin contar aquí las fatigadas alusiones y citas flagrantes esparcidas a lo largo de la historia del cine y demás formatos– sostiene en alto su encanto y agrega algunos puntos para la reflexión. Por lo pronto, el filme de Bradley Cooper –sí, el actor de “¿Qué pasó anoche’”, debutando aquí en doblete de actuación/dirección– tiene la fortuna de contar con la siempre interesante y nunca del todo aprehensible Lady Gaga en papel femenino protagónico. Su canción “Shallow”, balada co-escrita con Mark Ronson e interpretada en dúo con Cooper, tiene todo a su favor, funcionando como una suerte de leit motiv de la historia.

Ella es Ally, una muchacha que muda su diurna indumentaria de fast foodpor cejas postizas para cantar algunas noches en un club de drags queens. Su plato fuerte es una versión sexy de “La vie en rose”. Allí la conoce Jackson Maine (Cooper), una estrella de country-rock presa del alcoholismo y el fantasma de una infancia traumática. Jackson acaba de cantar frente a miles de personas. Todavía está en la cúspide de su carrera: en el club no salen del asombro cuando descubren su presencia. Una de las travestis le pide un autógrafo sobre las tetas. Por supuesto, el cansancio y el spleen etílico no le impiden al fugado Jackson detectar el talento de Ally, que además lo seduce sin proponérselo.

Empieza entonces una historia de amor, que es al mismo tiempo una historia sacrificial. Después de un breve e intenso tiempo de convivencia privada y pública – él la invita a cantar sus canciones frente a las multitudes que lo adoran -, ella empieza a ganar autonomía, en parte merced a un manager (figura maligna, un Moloch sediento de profesionalismo y meritocracia) que le exigirá tomar distancia de su amante venido a menos (La excedida escena de la entrega de Grammys marca el acabose de Jackson, o al menos el comienzo del fin). Pero la fidelidad de Ally es inquebrantable, por algo se trata de una película de amor. Sin embargo, cruelmente notificado por el manager de la situación, será el propio cantautor quién elija hacerse a un costado para no frenar el ascenso meteórico de su amada/admiradora/discípula.

Jordan

Cine musical, comedia romántica, melodrama… La fórmula acumulativa, condición del kitsch en cualquiera de sus manifestaciones, se enseñorea a lo largo de una historia voluminosa, con frenéticos solos de guitarra, súbitos descubrimientos melódicos al piano, saltos de octavas (caramba, qué bien que canta Lady Gaga) y un logrado efecto de cosa fresca y espontánea. Con destreza, Bradley Cooper juega a músico, a la vez que Lady Gaga se revela como actriz convincente. Airosos juegos, grandes papeles, que por momentos parecen dialogar diferidamente con la versión que en 1976  supieron hacer Barbara Streisand y Kris Kristofferson.  Hasta el hecho de que ambas divas sean “narigonas”, sin contar la importancia de Kristofferson para la música pop de raíz tradicional de EEUU, emparentan semióticamente ambos filmes.

En realidad, el director de la nueva versión iba a ser Clint Eastwood, que finalmente se bajó de un proyecto que sufrió diversas demoras e incertidumbres. El gran Clint quería poner a Beyoncé, pero esta desechó la invitación a causa de su embarazo. Luego se barajó el nombre de la contrabajista, compositora y cantante de jazz Esperanza Spalding. Cualquiera de las dos hubiera tenido un gran desempeño, pero sin habilitar demasiado margen para la serie de sutilezas interpretativas que, quizá no del todo conscientemente, la película de Cooper parece alentar por debajo de su eficaz plotpasional. Porque Lady Gaga no es sólo una cantante y compositora super célebre: es un ícono del siglo XXI.

En su libro Como un golpe de rayo, Simon Reynolds ubica a Lady Gaga en la estela del glam y su legado Nos recuerda que, en los créditos de su primer disco, The Fame, le agradece a Andy Warhol y David Bowie. Ella asume así una pertenencia determinada en el mundo de la música y el arte: “No soy real, soy teatro. Siento que estoy todo el tiempo sobre un escenario. Cuando bailo, cuando canto, cuando preparo el desayuno.” Y cierra con la mayor apostasía para el culto a la autenticidad sobre el que se cimentó, no sin contradicciones, la filosofía del rock: “La música es una mentira, el arte es una mentira”.

Ally encarna el mundo pop. Sus canciones, delicadamente forjadas –ella escribe; él la impulsará a interpretar (se)-, contrastan con la aspereza del rock visceral que Jackson sabe exprimir hasta la extenuación. Es su vida, será su muerte. (No causalmente, el guionista Will Fetters declaró haberse inspirado, en un primer borrador, en la figura de Kurt Cobain). Mientras el pop establece conexiones con la cultura de masas de otras épocas – su encanto ilusorio se asemeja anacrónicamente al glamour de aquellas melodías de la primera Nace una estrella-, el rock de base country, piedra basal de su mito de origen, se inmola en su propio fuego. Quizá por eso a Jackson Maine le sorprende y conmueve la plasticidad de Ally, su modo ficcional de estar en el mundo – algo imposible para él-, aunque por otro lado le pedirá autenticidad como una suerte de examen ético. Le disgusta cierto giro que va cobrando su repertorio y su imagen a medida que el pop avanza sobre el rock. Que los números musicales hayan sido filmados/grabados en vivo es sin duda un guiño de Cooper a favor del viejo modo de producción musical.

En cierto modo, el pop tiene el don –o la malicia– de la adaptabilidad. Es ligero y espectacular. Jackson aborrece a las bailarinas, descree de las grandes producciones, se burla calladamente de la puesta en escena. La fama le pesa, lo agobia. Ally, en cambio, sobrevivirá porque debajo de su imagen de chica frágil, físicamente acomplejada y dependiente del rock star, habita un poderoso deseo de formar parte de ese mundo que vivió idealizando y al que ahora está a un paso de conquistar. Pero su conquista definitiva dependerá de lo que Jackson haga o deje de hacer. El amor la energiza pero también le fija límites.

La película desecha la posibilidad de una supervivencia sin dolor. El pop de Lady Gaga sólo ganará intensidad cuando tenga algo que contar, su propia historia, su propio dolor. Su propia voz, en realidad. A lo largo de todo el filme, el tema de la voz será tópico. El padre de Ally se pavonea con un pasado de cantante irreal (“Podría haber sido mejor que Sinatra”), pero “con la voz solamente no alcanza”. Adora a su hija y valora su talento, pero no le ahorra disgustos al decirle, delante de quién sea, que carece de la presencia mágica (Eso que a la ¿verdadera? Lady Gaga le sobra). El hermano mayor de Jackson –estupendo Sam Elliott- dice haber sido despojado de su voz. Y en medio de su debacle personal, Jackson/Cooper va perdiendo la audición. Cada día un poco más (o un poco menos). Le costará oír a los demás; le costará oírse, como si sus canciones quedaran reducidas a letanías de un tiempo que se le escapa irremediablemente.

Sobre el corte final, ruedan lágrimas de corazones sensibles: bien hecha, una love storyes un dispositivo sentimental perfecto. Pero tal vez haya otros motivos para salir de la sala un poco entristecidos. El sacrificio del rock es el fin de una época. Al nacer una estrella, nace un nuevo mundo. Cooper no lo califica, pero hay razones para creer que el mundo que se consolida con la emergencia de Ally no será mejor que el que románticamente representa Jackson Maine, un cowboy de Arizona devenido rocker. En todo caso, nos consuela saber que siempre habrá artistas lúcidos capaces de crear ilusiones y al mismo tiempo desmontar sus mecanismos. Sólo un personaje tan auto consciente como Lady Gaga podía encarnar las dos historias que contiene Nace una estrella. Una, a cara lavada. La otra, con maquillaje y finas pestañas postizas.