Sergio Pujol

Podría decirse que con “Naranjo en flor” irrumpe la vanguardia en la canción popular argentina. Aún hoy, a más de medio siglo de la creación más célebre de los hermanos Homero y Virgilio Expósito, se sigue comentando la osadía de haber comenzado la letra de un tango con una analogía tan poco verista como esta: “Era más blanda que el agua, /que el agua blanda”. Su música tampoco resultó cosa sencilla. Para poder estrenarla correctamente, Floreal Ruiz y Aníbal Troilo debieron ensayarla durante tres semanas seguidas.

Lector apasionado de André Breton y Paul Eluard, Homero se cansó de explicar lo que en verdad carecía de explicación: le gustaron esas palabras, le sonaron musicales y poéticas, quiso transmitirnos una sensación acuosa y grácil, fresca como seguramente lo eran aquellas tardes primaverales de su Zárate natal. En realidad, lo primero que se le ocurrió fue eso de “Primero hay que saber sufrir…”. El problema era que sonaba un poco fuerte como apertura. “¿Cómo vas a seguirla?”, le preguntó su hermano. Era mejor empezar por el recuerdo de aquella mujer, naranjo en flor.

A pesar de las explicaciones de sus creadores, la demanda de claridad no ha cesado, no del todo. Y me parece que esa demanda – casi una investigación literaria en el mundo muchas veces transparente de la poesía tanguera – prueba que hay en “Naranjo en flor” algo irreductible al gusto de su época y de las épocas que le siguieron. Algo que, sin embargo, lejos de frenar o amainar su éxito, lo terminó potenciando hasta el punto de hacer de esta canción una de las principales referencias de nuestra cultura. Digámoslo así: “Naranjo en flor” triunfó por su belleza ostensible, pero sobre todo por cierta perplejidad que provocó al irrumpir en un género en vías de domesticación. Lo notable del caso es que aceptación y perplejidad concertaron, algo que no siempre sucede con aquellos artefactos que la historia de las artes ha calificado de vanguardistas o, más ampliamente, de modernistas.

Era más blanda que el agua,

Que el agua blanda…

Era más fresca que el río…

Naranjo en  flor…

Y en esa calle de estío,

Calle perdida,

Dejó un pedazo de vida

Y se marchó.

Y sí, tenemos al amurado de “Mi noche triste” y tantos otros tangos: una voz masculina describe a una mujer que ya no está. Pero hay una diferencia significativa: que el abandonado de los Expósito se exprese sin entonación orillera significa que a partir de los años 40 el tango remitía a su propia tradición de temas y personajes, pero con otro lenguaje. Es algo bastante habitual en las letras de Homero Expósito. Si revisamos “Farol” – su primera obra -, “Maquillaje” ó “Fangal”, nos encontraremos con los núcleos temáticos del género – ninguna novedad por ese lado – pero enunciados en otro registro. Quizá por eso sus letras, la mayoría sustentada en la música de su hermano, le hablan al futuro con los temas del pasado. ¿A qué oyente joven más ó menos entrenado en los repertorios eclécticos de la música argentina no le fascina “Naranjo en flor”?

Primero hay que saber sufrir,

Después amar, después partir,

Y al fin andar sin pensamientos…

Perfume de naranjo en flor,

Promesas vanas de un amor

Que se escaparon con el viento.

Con igual música, esta segunda parte agregará “Después… qué importa del después”, más todo lo que ya sabemos. Pero el latiguillo ya fue pronunciado: “Primero hay que saber sufrir…” Dicen que, poco antes de morir, el filósofo rumano Emil Ciorán se enteró de la existencia de “Naranjo el flor” y expresó un gran interés por esos versos. No los imaginaba dentro de una canción popular. Menos en una música que, fuera de la Argentina, se la conocía principalmente por su danza. Podemos conjeturar las razones de aquel interés, aunque cuesta un poco relacionar la filosofía del escepticismo con la dramaturgia pasional que nos plantean las letras de tango. La pasión del tango, aun expresada desde el sinsabor del fracaso, no compatibiliza con el escepticismo radical. (¡Ni siquiera en Discépolo!).

De cualquier manera, la anécdota de Cioran escuchando “Naranjo el flor” – ¿ó solo lo habrá leído?- viene a reafirmar la sospecha de que estamos ante una manifestación vanguardista dentro del campo de la cultura popular, si por vanguardia entendemos no sólo una ruptura con la tradición, sino también la paciente construcción de un público futuro. Estrenado en 1944, y con algunas buenas grabaciones de aquel tiempo (Troilo con Floreal Ruiz o Pedro Laurenz con Jorge Linares), “Naranjo en flor” ganó verdadera fama sólo a partir de los años 70.

Como ha sucedido con “Los mareados”, el problema de “Naranjo en flor” es la frecuentación excesiva. La misma ha desembocado en una afectación interpretativa francamente insoportable. Virgilio dijo que la clave de sus composiciones estaba en el trabajo con la armonía y con el espacio que media entre las notas de su cautivante melodía. Esos atributos, que básicamente refieren a una búsqueda de mayor libertad expresiva, terminaron siendo muy maltratados por demasiados intérpretes. Creo que, exceptuando la versión de Roberto Goyeneche, ninguna otra grabación de “Naranjo en flor” conforma del todo. Es una situación frustrante, tratándose de un tango tan bueno. Pero a lo mejor su sino vanguardista lo seguirá empujando hacia el futuro, de donde vendrá, algún día, esa interpretación capaz de honrarlo en toda  su medida.

Extracto del libro Canciones argentinas 1910-2010, Emecé/Planeta, Buenos Aires, 2010. Publicado a propósito de los cien años del nacimiento del poeta Homero Expósito (5 de noviembre de 1918- 23 de setiembre de 1987)