Por cuatro días, la ciudad del ocio socializado se convirtió en una especie de Newport sin veleros. Brillaron la francesa Joelle Leandre y el Ensamble KUAI.

Una ciudad perfumada de jazz: esa es la sensación que se tiene cada vez que la música de improvisación ocupa diversos enclaves urbanos en nombre de un festival. Las sedes de los festivales no son ciudad sitiadas; pensarlo así sería descomedido. Resulta evidente que el jazz ni aquí ni en ningún otro lugar del mundo es pasión de multitudes. Sin embargo, su poder de filtrado es notable. Es como si la música, generalmente desentendida de la palabra, se fuera colando imperceptiblemente en la traza urbana, por entre las marquesinas de los otros espectáculos, a través de afiches de iconografía naif (conchas de mar con corcheas o los lobos marinos pintados de azul), del mismo modo que lo viene haciendo en los menús de la música popular desde su irrupción histórica.

Entre el 5 y el 9 de diciembre, el VIII Festival Mar del Plata Jazz convirtió a la ciudad del ocio socializado en una especie de Newport sin veleros burgueses ni altos caches artísticos. El modo de producción que mejor representa un tiempo económicamente recesivo, de crisis y dólar alto, se llama autogestión, y en manos de un colectivo de músicos jóvenes marplatenses ha encontrado en la pyme ICM (Improvisación Colectiva en Mar del Plata) una buena forma de pensar y generar cultura musical desde una perspectiva original y audaz, acaso cumplidora de aquella máxima adjudicada a Don Cherry: “Las personas que creen en los límites pasan a formar parte de ellos”. Una máxima que bien podría haber sido el epígrafe de los encuentros. Si cada festival tiene su marca en el orillo, el que empezó a funcionar en Mar del Plata en 2010 se distingue por hacer pie en el free, la creación libre y el jazz contemporáneo, cada una de estas voces respaldada por genealogías artísticas algo corridas del canon.

II.

Me encanta Mar del Plata en diciembre. Es una ciudad en estado de víspera, preparada para la locura, aun en manos de quienes la viven todo el año y deberán sobrevivirla después de marzo, reintegrándola a su propio ritmo, ese que solo ellos conocen. Y ahí avanzo, sin apuro, como flaneurcaza sonidos. Camino por Avenida Colón, me doy una vuelta por el Museo MAR, me tomo una cerveza en BrewHouse o en Dickens pub escuchando a estupendos músicos marplatenses que desconocía, pispeo una secuencia de Anatomía de un asesinatoo de Ascensor para el cadalso en Espacio BAU, me demoro unos minutos en plaza Mitre, donde han armado un gran escenario al aire libre (el jazz es existencialmente nocturno, pero ha aprendido a aceptar los encuentros soleados), y reservo entradas para las noches del Club Tri del Trimarchi, un gran loft donde alguna vez funcionaron las primeras usinas eléctricas de la Cooperativa Eléctrica de Mar del Plata y ahora es escenario de diversas actividades. Al menos durante cinco días, en todas esas locaciones hay jazz, a determinadas horas, como irrupciones situacionistas, para ser escuchado con suma atención o no tanta, en medio de una correntada sonora inclusiva más allá de sus códigos. Los días ventosos, los resoplidos del mar se confunden con los de los músicos.

El centro neurálgico del Festival es el viejo Teatro Colón, frente a Plaza San Martín. Allí suceden los conciertos principales, dos por noche. Y también está el ECEM, la escuela de música que nuclea a los jazzmenmarplatenses de impronta contemporánea: el gusto de encontrarse con el profesor de tal o cual instrumento devenido intérprete. De ahí provienen, con el contrabajista y compositor Nicolás Pasetti a la cabeza, los organizadores del festival. Si bien han evitado la sincronía perfecta – sería una pena no poder asistir a dos presentaciones de similar calidad por una superposición de horarios -, a menudo los sets se solapan, como desafiando la glotonería del melómano que no quiere perderse nada. Una escena común es la de ese oyente suelto que corre de un lado a otro de la ciudad en busca de la combinación horaria perfecta. Puede darse, en tal situación, que alguien se salga del guion. Que los vientos provenientes de una plaza tuerzan la senda que conduce al teatro. Aun así, quien se desvió de la ruta original también seguirá estando en la grilla del festival. Eso es lo que mejor que tiene un festival: bajo su influencia, la ciudad se abre al punto de borrar toda distinción entre un adentro y un afuera.

III.

La programación 2018 tuvo sus puntos más altos –la cuestión de altura es un tanto esteticista, pero le cabe al jazz, una música con función artística super desarrollada– en las actuaciones de la contrabajista francesa “contemporánea” Joelle Leandre, el Ensamble KUAI, el quinteto del saxofonista Rodrigo Domínguez con el trompetista Valentin Garvie, el grupo de Ezequiel Valdez con Hugo Fattoruso como invitado, el Juan Pablo Navarro Septeto y el saxofonista norteamericano Ken Vandermark. A juzgar por este listado, se trató de un festival argentino de matriz marplatense (varios de los nombres, al frente de sus propios proyectos o como partes necesarias de otros, eran vecinos de la ciudad) y una cierta apertura internacional. Que todo haya empezado con Joelle Laendre y el concierto en torno a Mingus de la orquesta local ICM y que el cierre haya estado a cargo del volcánico Vandermark (en rigor, una experiencia sonora extrema) revelan decisiones de programación muy bien pensadas, casi a modo de manifiesto.

Jordan

El ensable KUAI, uno de los puntos más altos del Festival.

Alérgicos a la atonalidad debieron abstenerse, por más que el concepto de improvisación libre y otros similares ya no tenga la intransigencia de otros tiempos. Quiero decir con esto que en medio de la desconstrucción temática a la que se abocó el quinteto Domínguez/Garvie asomó un vals encantador, o que aun en el jazz hardcore de Vandermark un cierto groovete hizo mover el pie sin que te dieras cuenta. Por supuesto, la actuación del guitarrista Ezequiel Valdez con el gran Fattoruso rebosó de swing y funk, por momentos en clave rioplatense, mientras en las hermosas canciones del cuarteto de Nicolás Pasetti – dos guitarras, contrabajo y batería – primó una serenidad melódica de impronta folk-rock. La ejecución de la obra Soledades Permanentespor el Ensamble KUAI –si se me permite expresar mi afinidad electiva, lo mejor de todo el festival– planteó unas orquestaciones muy poderosas y estilísticamente reacias a las clasificaciones, sobre las firmes líneas de contrabajo de su principal inspirador Juan Bayón.

En fin. El jazz se ha vuelto multidireccional, las categorías tradicionales están en larga crisis y después del estilo neoclásico de Marsalis y compañía nos hemos quedamos sin vocabulario. ¿Cómo llamar lo que hoy sucede? El empleo de electrónica experimental o la apelación al tango (¡qué fantástico lo que hace el septeto de Navarro, especialmente con “No soy un extraño” de Charly en modo tango-free jazz!) ya no son toques excéntricos sino variantes tímbricas y de lenguaje más o menos aceptadas dentro del campo jazzístico. A manera de Aleph de la contemporaneidad del género, el Mar del Plata Jazz trajo música nueva a la ciudad. O quizá habría que decir que puso a la ciudad real a la altura de la que imaginan sus artistas.

IV

Mientras regresaba pensaba en Walter Thiers, el recordado crítico y agitador de nuevas músicas. A comienzos de los 80 Walter fundó un festival llamado Mardel Jazz. Trajo a la Argentina a músicos notables, como el pianista Paul Bley y el trombonista alemán Albert Mangelsdorff. Las primeras dos ediciones se hicieron en Mar del Plata, lógicamente. Pero cuando las dificultades económicas lo apremiaron– Walter era un sabio del jazz pero un tipo complicado para organizar -, mudó su festival crossover a la ciudad de Buenos Aires. Y así siguió por varios años, como si La Feliz pudiera ser removida de su enclave original e injertada en la capital. El eclecticismo de su cartelera fue siempre objeto de críticas por parte de los paladares negros del jazz. Se decía que Mardel Jazz tenía una dirección errática. Que su sección off-jazz terminaba comiéndose todo el festival. Que desde su mudanza a Buenos Aires el nombre del evento se había vuelto inadecuado, casi ridículo. Es posible que algo de todo esto fuera cierto, pero si la pensamos en términos político-culturales, la osadía de Walter, tácitamente continuada por los muchachos de ICM, estaba algo adelantada a su tiempo.

Si hoy en la previa del verano, cuando todos parecen estar con los sentidos puestos en el comercio turístico que se avecina, la expresión musical más libre y al mismo tiempo rigurosa de nuestro tiempo sigue soplando a la par del viento atlántico, tal vez haya que preguntarse si no será Mar del Plata esa ciudad revelada del jazz argentino.