“Cuando uno cree que está en el tempo, todavía está apurado”, le dijo una vez Quincy Jones a Jorge López Ruiz, que falleció este miércoles con 83 años. Gran consejo a nuestro primer gran contrabajista de jazz. Al tipo que aprendió, después de posar pinta con una trompeta que lo metió en todo esto, a potenciar un instrumento de función rítmica y armónica que hasta entonces prácticamente no se escuchaba, allá atrás, perdido en torpes corcheas (a veces, solo en indolentes negras), olvidado por los micrófonos que rara vez lo tomaban en su plenitud sonora. Y entonces el muchacho de La Plata, seguidor de Paul Chambers, se hizo oír desde el fondo, pulsando de otro modo al grandote de madera. Sin apurar el tempo, ni quedar a su rezago.  Con esa gracia llamada swing, Jorge volvió ubicuo al contrabajo en los combos más bonitos de la Buenos Aires de años 60, al lado de Gato Barbieri, en el trío de Mono Villegas, en las big bands de una época en la que, merced a las orquestas estables de los estudios y los canales, el único aprendizaje valedero era el de salir a tocar todas las veces que fuera posible, con repertorios dignos e indignos, tanto tiempo dentro como fuera del jazz.

“¡Vamos, hombre, equivóquese fuerte!” Eso le dijo Dizzy Gillespie, en su visita a Buenos Aires de 1956. Aquel consejo de sacar todo afuera, de no tener miedo al pifie si este era el paso previo al hallazgo, le insufló una temeridad que jamás lo abandonó, así en la vida como en la música, que para él fueron canto y contracanto de una misma partitura. Cuando el circuito de los clubes y cabarets de los 50 y 60 empezó a declinar y la música pop le arrebató al jazz algunas llaves de la vida nocturna, El Flaco, estudioso como pocos, puso en valor sus conocimientos de armonía y orquestación y, de taquito pero con finura, dirigió y arregló para Sandro, Piero e incluso Leonardo Favio. Al primero lo ayudó en éxitos de la talla de “Trigal” y “Rosa, rosa”, y aunque nunca mostró demasiado interés en otra música popular que no fuera la nacida de los afluentes del Mississippi, logró desarrollar una idoneidad que siempre lo rescató del mero profesionalismo. 

Así pudo experimentar locos momentos. Tuvo en sus manos la música del retorno de Perón, para terminar esquivando las balas de Ezeiza, al frente de la mega orquesta que debía dirigir y que cerró su fugaz intervención tirada en el piso del palco, a metros de los asesinos. Poco antes de aquella sátira negra de la historia argentina, se había abocado a la composición, dirección y grabación de las que quizá sean las únicas obras de un jazz argentino de protesta: El Grito –escrita a instancias de Arturo Jauretche– y la maldita y largamente postergada Bronca Buenos Aires. Seguramente deseaba que se lo recordara por estas piezas largas, poéticas (textos de José Tcherkaski) y politizadas. Son obras en un sentido que el jazz de avanzada le pidió prestado a la tradición europea. Asimilaron el free, el funk, el hard bop… Resultaron ser músicas intensas, de gran ejecución (hay que escuchar a Horacio “Chivo” Borraro poseído por el ánima de Coltrane) y de una energía sorprendente, la que emanaba de la fe en que algo nuevo se avecinaba. Y que ese algo nuevo también podía ser dicho con el lenguaje del jazz, desde la remota Buenos Aires.

Luego vivió un tiempo en Nueva York, donde interpeló a la fusión, siguió escribiendo para escenario, escena y cine, y logró llevar –aunque en medida incompleta– sus ideas al mundo del disco. Aun así, la mejor manera de apreciar la musicalidad de Jorge López Ruiz era verlo en acción, asido a su contrabajo, prendido a jams o, en sus últimos años, al frente de un cuarteto que, en cierto modo, resumía su vida, y con ella la historia de la música que amaba. Verlo tocar ya pasado los 80 años: pulsaba con fuerza de otra edad, expresaba el goce de la música en gestos mínimos pero elocuentes, dando espacio a los solos de sus compañeros y definiendo, desde la primera hasta la última nota, el tempo sobre el que sucederían las ocurrencias sonoras. Era una imagen recurrente, una certeza de la música de Buenos Aires con sentido universal que ya no tendremos, aunque hoy abundan los buenos contrabajistas, y algunos de ellos, como Mariano Otero y Juan Bayón, conocedores –continuadores– de los pasos del Flaco López Ruiz por este mundo.

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