Hace 110 años nacía Oscar Alemán, el gran intérprete argentino de jazz, quien, al igual que Atahualpa Yupanqui, realizó un pacto de sangre con la guitarra.

Cómo se mide el legado de un músico popular anterior a la era del rock y el pop que, más allá de algunas piezas sueltas, no fue compositor ni autor, no trascendió como cantante y no perteneció a los mundos del folclore y el tango? La respuesta a esta pregunta improbable nos transporta al submundo de los coleccionistas de rarezas, o al de los recolectores de memorias evanescentes. Salvo que… salvo que estemos hablando de Oscar Alemán, el único intérprete argentino de jazz que gozó de tanto cartel como Aníbal Troilo, grabó con la fecundidad de Osvaldo Fresedo y realizó, al igual que Atahualpa Yupanqui, un pacto de sangre con la guitarra. En época de típica y jazz, cuando los teléfonos blancos escenificaban las historias del cine nacional y el teatro y la radio eran pasiones multitudinarias, Oscar se paseaba del brazo de la actriz Carmen Vallejos protegido por el aura de los ídolos populares. ¿Cómo conecta aquel pasado estampado con nuestro presente en perpetuo streaming?

Desde el estreno en 2002 de Vida con swing, el documental de Hernán Gaffet, la vida novelesca de Oscar Alemán se instaló con un poder de seducción que quizá nunca antes había tenido. Más tarde y durante cinco años, el coleccionista holandés Hans Koerthizoun blog íntegramente dedicado al universo musical del guitarrista argentino, mientras algunasde sus mejores grabaciones locales volvían a la vida en soporte digital, bajo títulos tan elocuentes como Oscar Alemán. Eternamente vivo y Oscar Alemán. Un poquito de swing. Obviamente, no faltaron los bootlegs del artista redescubierto– Oscar Alemán y sus cinco caballerosOscar Alemán. Grabaciones recuperadas-, mientras varios jóvenes que querían tocar swing en guitarra y veneraban a Django Reinhardt y su onda manoucheempezaron a percatarse de quién había sido Oscar. Hoy Spotify ofrece la mayor parte de sus registros azarosamente agrupados en álbumes un tanto fantasmales.

“Hombre mío”, tema de su autoría que lo identificaba en la radio, roza el estatus de standarddel jazz con cuerdas, y su versión del bolero “Bésame mucho” es un magistral ejemplo del poder de apropiación y reinvención del jazz, que al tomar para sí un tema conocido hace de la versiónun nuevo y fresco punto de partida. En cuanto a su sello como arreglador intuitivo, cabe recordar que el riff de “Tengo ritmo” es quizás tan idiosincrásico como los de “Sucio y desprolijo” de Pappo ó “Post-crucifixión” de Pescado Rabioso. Esto último alienta una lectura del fenómeno Oscar Alemán hasta ahora no practicada. ¿Por qué no pensarlo como eslabón argentino entre el jazz bailable y el rock and roll? ¿No llegó la hora de reconocer que fue Oscar Alemán el primer guitar herode la Argentina?

 

Al menos hasta promediar su vida – había nacido en Machagai, Chaco, el 20 de febrero de 1909 -, vivió cruzando fronteras reales e imaginarias, burlándose así de las concepciones esencialistas de la identidad cultural. Era hijo de madre qom y de padre presumiblemente uruguayo. Era afrodescendiente de genealogía zigzagueante: ¿su cabello mota venía de los negros que inspiraron los cuadros de Pedro Figari o, menos directamente, de alguna mezcla zambo de la línea materna? Nunca lo supimos, nunca llegaremos a saberlo. En definitiva, el guitarrista que bailaba lo que tocaba no sólo representó de modo idealizado la condición del auténtico jazzman(¡existió en Buenos Aires un negro que había tocado con negros en París!), sino también fue el artista popular cosmopolita por excelencia. El que, sin reticencia alguna, tocaba todo lo que no era argentino: una jukebox viviente. Pida el tema que escuchó en el cine o en la radio, o en aquel teatro de revistas del centro, y Oscar Alemán y su guitarra embrujada se lo regalarán.

Fue único en el arte de contrabandear fraseo de jazz a través de una desfalleciente melodía de éxito internacional. La música lo había rescatado en la niñez, cuando prendido a un cavaquinho en las calles de Santos, Brasil, había logrado sobrevivir a la intemperie y la orfandad. La música como salvavidas: ¿con qué autoridad moral podían los críticos exigirle “pureza jazzística” a quien hizo de la “impureza” un modo de estar en el mundo, y del poliglotismo musical un estilo personal, por más que, en esos menús oceánicos, el jazz siempre terminara marcando la nota? Hoy lo recordamos principalmente por sus vibrantes interpretaciones con su quinteto de swing de “De buen humor”, “Nada más que un poquito de swing” o “Limehouse blues”, o incluso por sus magistrales interpretaciones de choros y sambas cariocas. Elegimos esas grabaciones y otras de similar calidad cuando queremos que alguien lo descubra y adopte para siempre. Pero él también se inmortalizó en la gracia fechada de “Moulin Rouge”, “Candilejas”, “Estambul”, “Abril en Portugal” y “Bajo el cielo de París”. Si no fuera por su bien ganado cartel de solista, podría haber tocado y grabado con la orquesta del líder de la música “característica” Feliciano Brunelli.

“Yo creía que todos los argentinos eran tango man”, le confesó Louis Armstrong después de conocerlo y compartir con él una jam en París. Sucedió en los años 30, cuando Oscar era director musical y guitarrista de la diva Josephine Baker. En aquel tiempo estuvo cerca de sumarse a la orquesta de Duke Ellington, a la vez que selló amistad con Django Reinhardt y participó de unas sesiones fantásticas en Dinamarca, junto al violinista Svend Asmussen. El maestro norteamericano de la trompeta con pasaporte lleno de sellos europeos Bill Coleman lo convocó para un par de grabaciones memorables. Hacia 1939, en la boite Chantilly, Oscar ya tenía cartel propio, cosa inusual para un sudamericano, y quizá también para un solista de jazz: “Oscar et son orchestre”. Al desvincularse de Josephine, después de nueve años de colaboración, grabó por primera vez al frente de su propio trío, que completaban los norteamericanos Wilson Myres en contrabajo y John Mitchell en guitarra rítmica.

Oscar planeaba expandir su carrera todo lo que el ambiente jazzístico europeo se lo permitiera, pero el 1 de setiembre de 1939 Hitler invadió Polonia. Dos días más tarde, Francia y Reino Unido le declararon la guerra a Alemania. Después de nueve meses de irresolución por parte de los Aliados, una división de tanques alemanes recorrió sin resistencia Champs Elysées. La caída de París frustró la carrera internacional de Oscar. ¿Hasta dónde habría llegado su nombre si unos soldados alemanes no le hubiesen propinado una paliza, convenciéndolo así de que lo mejor era regresar a la Argentina?

El 24 de diciembre de 1940, superando el ajetreado periplo con escala en Portugal, Oscar y su esposa francesa Malu cenaron en un restaurante del Bajo porteño. Eran dos exiliados en el Sur, lejos de la guerra y de Montmartre.  Pocos recordaban que aquel negro había sido parte del dúo Les Loups y guitarra solista en el efímero Trío Víctor. Al fin y al cabo, su nacionalidad no era una evidencia incontrastable. De hecho, en 1940 llevaba más tiempo viviendo fuera que dentro de la Argentina. “Es gracioso. Yo que soy argentino cien por ciento, debuté en Buenos Aires como extranjero, allá por 1927”, contaría en su vejez. En la loca Buenos Aires de los años 20, junto al guitarrista Gastón Bueno Lobo, Oscar se había vuelto músico profesional, un esmerado intérprete de choros, sambas, valses y tangos. Vida vertiginosa, música trepidante. Pero su segundo regreso a Buenos Aires tendría sobre el primero la ventaja de sorprenderlo con un capital simbólico consolidado. Eso que llaman prestigio.

Contratado por Radio Belgrano y el club nocturno Gong, la repatriación terminó abriéndole una instancia de reconocimiento popular que nunca antes había tenido, y que probablemente tampoco hubiera alcanzado de permanecer en Europa el resto de su vida. El marco de la vida social porteña en tiempos del peronismo no podía ser más propicio para que Oscar no solo introdujera con éxito el estilo “swing con cuerdas” sino también para que se convirtiera en una de las grandes figuras del espectáculo. Desde la grabación de “Sweet Georgia Brown” en 1942, junto al violinista Hernán Oliva, su fama no dejó de acrecentarse. Pronto llegaron la versión paródica de “Bésame mucho” – enorme éxito de ventas- y la interpretación virtuosa de “Delicado”, el baiaodel maestro del cavaquinho Waldir Azevedo. Si además de la escucha discográfica se tenía la ocasión de apreciar estas músicas en vivo, el hechizo era siempre mayor: el acróbata que tocaba la guitarra a ciegas o pasando el brazo izquierdo por encima del diapasón potenciaba la dimensión escénica del jazz, cuando el jazz era swing, y el swing era show.

Oscar murió el 14 de octubre de 1980, pocas semanas después de que brindara su última presentación ante las cámaras de canal 7, por entonces ATC. Había vuelto a los escenarios a principios de la década del 70, si bien su brillo de otros tiempos había mermado un poco. Su muerte fue consignada en revistas especializadas del mundo, pero en los veinte años siguientes su el recuerdo de sus años dorados comenzó a desvanecerse un poco. Escaseó la oferta de sus discos – aun así, fue el único jazzmanargentino anterior a los años 60 cuyos discos de 78 revoluciones fueron reeditados en 33 1/3 – y el valor de su música se vio embargado por el ethosde la nostalgia. Quienes lo recordaban no eran necesariamente melómanos, sino más bien gente que en la juventud había bailado con su swing. Para los criterios valorativos en boga, Oscar no era lo suficientemente “tradicional” para recibir el respaldo de los exhumadores del espíritu de Nueva Orleáns; asimismo, su estilo de ritmo marcado y melodías cantables no llegaba a calificar para los estándares de la modernidad jazzística. Por último, la escena del jazz-rock y la fusión no era la más indicada para rescatarlo de su condición de músico de otro tiempo, cuando, al decir de los más memoriosos, “hacía lo que quería con la guitarra”.

Y, sin embargo, aquí estamos recordándolo. La Historia, esa memoriosa, siempre nos brinda sorpresas.