Sergio Pujol

La Máquina de Hacer Pájaros se preparaba para tocar en La Bola Loca, de jueves a domingo. A la Bola entraban unas 200 personas por función, cifra nada despreciable para una banda con la que Charly García buscaba alejarse el efecto Sui Generis. De eso se trataba su experimento: de superar el recuerdo del dúo encantado. El grupo se iba a llamar “Charly García y La Máquina de Hacer Pájaros” en homenaje a una historieta del humorista gráfico Crist. Pero a último momento Charly decidió borrar su nombre.

No es que renegara de su fama precoz: la modestia no figuraba en el podio de sus virtudes, y Sui Generis lo había convertido en una persona famosa. A Charly le encantaba firmar tapas de sus discos a la salida de los recitales y responder saludos por la calle. Pero a casi un año de la apoteósica despedida, no podía dejar de asociar Sui Generis con la adolescencia, una edad difícil, decían. Seguía viendo a esas madres con sus hijas llorando en el Luna Park, como quién hace un duelo en público. Y se vio a sí mismo unas semanas después del adiós, yendo al psicoanalista, haciendo terapia en la ciudad de los terapeutas, tratando de superar el destete, de pensar otras melodías, un sonido del porvenir.

Para neutralizar el magnetismo de aquellas canciones de tres minutos que encendían los fogones de Villa Gesell y formaban coros espontáneos en los viajes de fin de curso, Charly inventó La Máquina. Con ella se proponía hacer composiciones sueltas “para desarrollar con el grupo algo más que una canción, quizá una ópera o una comedia musical”, quién podía saberlo. Después de aquel adiós frente a 25.000 fans (¡dos estadios colmados!) el ambiente mínimo de la Bola Loca le pareció un retiro espiritual.

Pero las funciones de mayo no fueron muy apacibles. El golpe del 24 de marzo sorprendió a la banda en medio de los preparativos, y hubo que estrenar en un clima político cada vez más tenebroso. De cualquier manera, la Máquina no defraudó, aunque su creador aún no estaba muy conforme con los resultados. Quería convencer a Carlos Cutaia de que se sumara al proyecto. Cutaia se había tomado un descanso un tanto prolongado después de su experiencia en Pescado Rabioso. Quizás ya fuera tiempo de volver. ¿En setiembre?

El plan de Charly era atractivo: un sonido denso, con una artillería de sintetizadores, melotrones y pianos. Quería que su Máquina fuera una experiencia límite en la música argentina. Que tuviera precisión, pero también espíritu lúdico. Que golpeara en el pecho pero que no dejara de reverberar en la cabeza una vez concluido el recital. Y, antes que nada, Charly quería que la Máquina fuera un verdadero grupo, no la música de un solista inspirado con acompañamiento. Mientras tanto, Gustavo Bazterrica pulía sus mejores solos de guitarra. En la base rítmica estaban Oscar Moro y José Luis Fernández. Los temas del primer disco tenían rémoras del rock sinfónico, aunque por ahí despuntaba algo del jazz-rock de Chick Corea, el ídolo del momento de Charly.

Por lo demás, el sello García era indeleble. El ritmo funky de “Boletos, pases y abono” y la melodía imantada de “Como mata el viento norte” no podían fallar. Aunque el rock más ambicioso de la época estuviera reñido con las tonadas pegadizas, la gente se iría de la sala tarareando algo del nuevo grupo. Seguramente los pesados seguirían diciendo que Charly era un blando, que nunca saldría del todo del molde folk y pop. Pero a él esos comentarios le importaban cada vez menos.

Época de teclados analógicos, de los primeros sintetizadores populares. Le explicaba Charly a la prensa: “Los pájaros son la música que hacemos. Me pareció una buena fórmula para combinar la electrónica con la poesía.” Claro que más allá de pájaros, poesía y música, García estaba preocupado. Y asustado. El resto de ese año y parte del siguiente viviría entre los brillos de una notoriedad que no cejaba y el miedo a moverse por la calle por temor a sufrir algún secuestro. Sus amigos no vinculaban ese estado de paranoia con el golpe del 24 de marzo directamente, pero tampoco descartaban que aquella conducta evasiva no fuera otra cosa que un reflejo de la atmósfera reinante. Después de todo, en las calles de la ciudad convivían tensamente los transeúntes y los tanques del Ejército. Charly García, se sabría más tarde, tenía un talento especial para captar cosas en el aire. Y le habían pasado cosas. En Uruguay, cuando fueron a tocar poco antes de la despedida en el Luna Park, a él y a Nito los habían secuestrado, encapuchado y golpeado durante algunas horas. Todo por tocar “Botas locas”. Recientemente, a semanas del golpe, Nito había pasado tres días en cana por andar sin documento. La cosa estaba pesada. Algunas noches, Charly bajaba a la puerta del edificio donde vivía tapado con una frazada. O disfrazado de beduino.

(Fragmento extraído del libro Rock y dictadura. Crónica de una generación (1976-1983), Buenos Aires: Emecé, 2005, páginas 16-19).