Se estrena El eslabón perdido, documental sobre Alejandro del Prado, talentoso trovador y figura clave para la música ciudadana.

on su momento de epifanía en los albores de los 80 (muchos vivimos el retorno de la democracia con “Los locos de Buenos Aires” en la playlist de nuestros mejores silbidos) y sus largas etapas de cantautor esquivo y subterráneo, Alejandro del Prado es una figura única en la historia de la música popular argentina. Curtido de tango, rock y murga, Alejandro está dotado de una musicalidad copiosa que nos llega como un todo inescindible, allí donde quedan sólidamente unidos un estilo de canto levemente intemperante, un sentido rítmico refinado – dónde van los acentos: he ahí la cuestión – y una relación íntima con la guitarra y el bombo, los principales guardianes de sus canciones. Y están las letras, claro. Las suyas – hermosamente descriptivas, como las de “Hijo de un puerto” o “Yo conozco un Buenos Aires”- o las de Ardizzone, González Tuñón y Jorge Boccanera a las que supo ponerles músicas acertadas. En todos los casos, es notable la paridad de calidades entre música y letra, si bien la primera siempre es la que llama.

El primer largo párrafo de esta nota puede dar la impresión de que estamos frente a un clásico de la música argentina del que abundan versiones, artículos e incluso libros. Pero la verdad es que somo pocos quienes conocemos a Alejandro del Prado. Más de 40 años escribiendo canciones y cantándolas a su manera plebeya y exquisita: su nombre bien podría ser la perla olvidada en alguna enciclopedia de nuestros cantores nacionales. ¿Un músico maldito? No exactamente. Su honesta vocación de artista popular, sus principales aficiones electivas (el fútbol, los corsos barriales, los dibujos y caricaturas que hacía su papá Calé, el talentoso y legendario creador de “Buenos Aires en camiseta” de los tiempos de Rico Tipo) y la constante búsqueda de un coloquialismo poético, a menudo melancólico y un poco inocente, son elementos que le vedan el ingreso a la categoría de artista incomprendido por su época. Se trata más bien de un desdeñoso de la fama, casi enemigo del propio éxito. Grabó sólo cuatro discos – ¡26 años entre el primero y el último! – que son la punta del iceberg de un corpus extenso pero jamás registrado. Su errancia por los escenarios ha sido discontinua. Su trato con la prensa – las pocas veces que esta se preguntó por él -, más bien huidizo. Quizá simplemente estemos frente un tímido oculto en sus canciones.

A estos y otros enigmas que rodean la persona y la obra de Alejandro del Prado se acerca con empatía y admiración el documental de Mariano del Mazo y Marcelo Schapces El eslabón perdido. La primera proeza del filme es la de haber logrado que el propio biografiado aceptara participar hablando de su vida, sus ideas de la música y la poesía. Repantigado en un sillón, buscando las palabras justas, a menudo apurando algún acorde en su guitarra acústica, con ese fraseo rantifuso que une al hablante con el cantante, Del Prado va revisando su vida, alternadamente con los testimonios de su hermano Horacio (gran periodista deportivo y su fan número uno) y su hija Malena. Una fuga a tres voces, ilustrada con audios y videos de la TV de antaño (la edición de distintas interpretaciones de “Los locos de Buenos Aires” es un momento fantástico). También hablarán Rodolfo García y Daniel Ferron de un estupendo e indocumentado encuentro musical. El productor discográfico Diego Zapico, del bellísimo – último disco hasta la fecha – Yo vengo de otro siglo. Y el poeta Jorge Boccanera – amigo en el exilio mexicano y partícipe necesario de algunas de sus mejores canciones-, de la clase de artista que fue y es el compositor de “Carta”.

Dos ausencias enmarcan la vida de Alejandro: la de su padre, muerto siendo él un niño, y la de Susana, su mujer de toda la vida fulminada por un cáncer mientras se realizaba la grabación del último álbum. Horacio, cuya ejecución al piano de “Para que los gorriones vuelvan” abre el film de manera cautivante, define estas muertes como atómicas en la vida de su hermano, y en cierto modo dan pistas para desentrañar la clave melancólica de sus baladas, tanguitos, milongas e incluso murgas hechas canción. Pero la relación entre vicisitudes de una vida y el carácter de una obra nunca es mecánica ni directa. Menos quizá en el caso de Alejandro. La subjetivación de sus grandes dolores no derivó en un pacto de lectura autorreferencial, como suele suceder con muchos cantautores del rock. Su voz arrastra vestigios de la urbe que ya no existe, un poco a la manera de un Tata Cedrón de la era del rock. Es en ese punto de fricción entre un joven que creció con Los Beatles y Zitarroza y los fantasmas de una ciudad en retirada donde del Prado nos conmueve con canciones que nunca llegan a ser ni muy viejas ni muy jóvenes. Son cantos un poco anacrónicos movidos de lugar por leves corrientes de modernismo.

Sin que el personaje se devore la película, El eslabón perdido logra contrarrestar las cargas entre “la humanidad” del querible vecino de Villa Real y la naturaleza de sus canciones. Alto punto de la película son las nutridas definiciones con las que tanto del Prado como los demás testimonios rondan ese objeto inmaterial y evanescente llamado música. “¿Cuál es el rasguido de una murga?, ¿por qué no se le pueden poner otras armonías?”, se interroga Alejandro. Y en esas preguntas cifra su poética: que un ritmo básico pueda devenir canción, del mismo modo que alguna vez, en el despertar del siglo XX, el samba brasileño encontró en los acordes de una guitarra y una voz la forma de una canción, y una danza llamada tango subió de los pies a la garganta. Está todo bien con la murga y sus sentidos de resistencia, pero ¿por qué no modelarla, meterle cadencias de Bach, pensarle lindas melodías estirando cuerdas en la guitarra, hacerla hablar de otras cosas, en otros tonos? Por momentos, pareciera que del Prado se propuso iniciar un nuevo género sin lograr ponerlo en marcha definitivamente.