OBITUARIO

Frágil y sensible, de sonrisa tímida y gestos huidizos, cultor de la privacidad, Gilberto fue una rara estrella, esquiva e inalcanzable, jamás fugaz.

Río de Janeiro, verano de 1958. Elizete Cardoso graba un disco entero con canciones de una dupla en plena ascenso, la formada por el compositor Antonio Carlos Jobim y el poeta Vinicius de Moraes. El vibrato profundo de la voz de Elizete, envuelto en orquestaciones refinadas, potencia el material, cumbre del samba-canción que se tutea con el bolero. En esa atmósfera de extenuación romántica, allí donde la palabra amor se enseñorea sin pudor, hay una guitarra que acompaña de un modo un tanto extraño, como si contrabandeara otro ritmo a través de las fronteras del género nacional. Esa guitarra no pasa inadvertida: dos pulsos de bordonas por compás y los acordes levemente disonantes en síncopa. Por simple que parezca, tocar la guitarra separando el pulgar de la mano derecha del resto de los dedos es complicado; se trata de en una delicada sustracción de todo lo redundante que afea nuestra vida.

Ya admirado por algunos cariocas, el bahiano João Gilberto (1931-2019) se apresta a patentar su gran invención, una batida rítmica poco antes aplicada a su tema “Bim Bom” y que, según contará más adelante, aprendió del movimiento de caderas de las lavanderas de Juazeiro. Como titular de disco propio, João se consagrará en 1959, con su seminal Chega de saudade, álbum que se inicia con el tema de Jobim y de Moraes que le da título, y que al darle título deviene manifiesto de un estilo que terminará siendo toda una manera moderna y al mismo tiempo autóctona de ser brasileño en los años 60. Pocas veces la historia de la música nos prodiga momentos fundacionales tan nítidos y personalizados. Porque no es tanto la canción como el modo de interpretarla lo que caracteriza el ethos de la música popular del Brasil del presidente Juscelino Kubitschek. Compárese la versión de Elizete de “Chega de saudade” con la de su ex guitarrista. También con orquestación – no es verdad que João fuera un cultor del solipsismo, al menos en términos musicales -, ahora alguien canta sin énfasis, fluyendo como un fala normal, un poco a la manera de Chet Baker, en complicidad con su guitarra de acordes tensos y ritmos distendidos.

La versión de João dura solo 1:59… ¡contra los 3:25 que a Elizete le insumió la misma canción! ¿Qué sucedió ahí? Misterio. Los temas del disco que siguen son, entre otros, “Lobo Bobo”, “Brigas, nunca mais”, “Desafinado”, “Rosa morena”, “Saudade fe zum samba”, “Bim Bom” y “É luxo só”. Hay autorías propias y ajenas, pero lo que destaca es el intérprete y el hecho de que los temas apenas superan los dos minutos de duración. El contraste entre ese efecto de dilatación o demora y la real brevedad de aquellos tracks es quizá el mejor ejemplo al que podría acudir un profesor de estética para explicar por qué la música genera una temporalidad diferente a la de los relojes. Otras veces, como en la versión de casi nueve minutos de “Bésame mucho” grabada varios años más tarde, João parecerá estar encerrado en la cinta sin fin de una obsesión. Dueño de su propio tempo, canta como si la vida girara a menos de 33 1/3 por minuto. Hoy sigue vivo en sus grabaciones engarzadas, aunque el sábado corrió la noticia de que había muerto a los 88 años, en un departamento prestado en Río de Janeiro.

João Gilberto Prado Pereira de Oliveira. El suyo fue un nombre que pudo prescindir de los apellidos, aun del primero con el que se hizo público al arribar a Río en los albores de la década del 50. No bien saltó a la fama, decir “Joao” fue suficiente: ya se sabía de quién – y de qué- se estaba hablando. Incluso el “Gilberto” sin “Joao” podía provocar alguna confusión, ya que otro de sus apóstoles es el creador de “Eu vim da Bahía”, samba que el inventor de la bossa nova supo interpretar excelsamente, como si todo el Brasil musical fuera, como el género humano, una larga serie de parentescos filogenéticos. En lugar de dinamitar puentes, su arte reunió generaciones y acortó distancias. Cuando en 1964 “Garota de Ipanema” llegó al Carnegie Hall precedida por el impacto discográfico de Getz/Gilberto y conducida por el eximio Stan Getz, Astrud Gilberto y el propio João, la brisa cálida de la bossa nova enamoró a los duros corazones del Primer Mundo. Asistida por la historia, la fábula nos dice que, en la Santa Trinidad del nuevo sonido, Jobim creó las canciones, Vinicius escribió las letras y João le puso voz e violão.

Contado así, puede llegar a pensarse que João fue amado y cultivado por todo el mundo, tanto por los que lo precedieron como por la generación del pop. Pero su aparición generó algún revuelo entre los nacionalistas del samba, los mismos que ya habían pegado el grito en el cielo cuando músicos como el pianista Johnny Alf, el acordeonista Joao Donato y el “Gershwin brasileño” Radamés Gnatteli se habían atrevido a introducir armonías jazzísticas en aquella música que un día había bajado de los morros para convertirse en emblema cultural de todo un país. Años más tarde no faltarían quienes, subyugados por la psicodelia, creyeron que temas como “Desafinado” estaban agotados y, triste destino, habían devenido sonoridad muzak. Pero finalmente todos, los de ayer y los de mañana, se rindieron al genio de João, el hombre que inventó la bossa nova para luego sobrevivir a su vulgarización.

Como ícono involuntario, podría decirse que João se convirtió en el reverso de la alegría brasileña. Por supuesto, comparten la oración anterior dos clisés: el de Brasil como país agobiantemente alegre y el de un músico introvertido que de tanto faltar a las fiestas en su honor terminó siendo una especie de estandarte contracultural. Pero la verdad es menos esquemática. Digamos aquí que el repertorio de los viejos sambas, que João conocía y amaba tanto como Piazzolla los temas de Cobián y Cadícamo, está lleno de versos melancólicos, y que la acentuación rítmica de su guitarra (la célebre “batida”) proviene tanto de la división del tamburím de las escolas como de los bajos de los pianistas del samba-jazz de los años 50. En cualquier caso, la primera gran lección de la bossa fue mostrarle al mundo y sobre todo a los propios brasileños que la identidad nacional no es una imagen congelada.

Estrella distante

Como The Beatles en la misma época, João logró la proeza de ser un innovador y al mismo tiempo un artista popular. Quizá no llenaba estadios – en rigor, los odiaba-, y lógicamente no produjo desmayos ni locuras colectivas. Pero su influencia fue incalculable. Era un músico omnipresente, en el sentido de convertirse en plano de referencia para todo aquel – y los hubo por millones – que guitarra en mano quisiera entonar aquello de “Olha que coisa mais linda, mais cheia graça…”

Frágil y sensible, de sonrisa tímida y gestos huidizos, cultor de una privacidad a contrapelo del exhibicionismo como marca de época, João fue una rara estrella, esquiva e inalcanzable, jamás fugaz. Paradójicamente, se radicó en Nueva York en busca de soledad, y no necesitó de giras agotadoras ni de un disco cada año para generar devoción y mito. Al conocer algunos detalles de sus últimos años, quizá podría decirse que mereció un final más acorde a su tránsito por este mundo.

Visitó Buenos Aires en tres oportunidades. Lo de “visitar” es una forma de decir. Sólo salió del hotel para ir a tocar y cantar al teatro, cosa que siempre hizo de un modo exquisito y único, logrando que su audiencia se sintiera tan a gusto en la butaca como frente al toca-disco del living de su casa. La última vez fue con Caetano Veloso, en un concierto inolvidable y artísticamente desmesurado, si tenemos en cuenta que esas dos personas escoltadas por una mesita con una jarra de agua encarnaban décadas rotundas de la mejor música de Brasil y del mundo. Es sabida la admiración ilimitada que Caetano profesaba por João, algo que se pudo apreciar claramente aquella noche en la que el príncipe del Tropicalismo pareció más un oyente encandilado que un compañero de escenario.