Por Juan F. Comperatore

No vendría mal desechar por un rato la idea de que el presente es el futuro del pasado para vislumbrar la cantidad de posibles que se abren en un instante. El gesto implicaría despojarse de presupuestos, eslóganes fáciles y representaciones cristalizadas, así como enfocar una mirada, abierta aunque nada inocente, que amplíe los márgenes del encuadre. Una tarea encomiable, sí. Precisamente de esto trata El año de Artaud. Rock y política en 1973, el reciente ensayo de Sergio Pujol que viene a saldar un hiato entre sus otros libros dedicados a la materia, La década rebelde (2002) y Rock y dictadura (2005). Avezado cultor de los intríngulis de la historia y de la música sin distinción de género, en El año de Artaud propone un particular ejercicio de desprendimiento: tensar los hilos de un tiempo histórico sin remitirlos a su acontecer ulterior; evitar leer las huellas que serán, pero sí acechar su movimiento. Seamos menos crípticos. Tomando como punta de lanza la biografía de Luis Alberto Spinetta durante los preparativos de ese artefacto anómalo en forma y contenido que fue el disco Artaud, Pujol indaga en los pliegues ya no de una década, sino de un año: 1973 como un colisionador de partículas.

La intersección de dos series, entonces, la música y la política articuladas por un denominador común, la juventud. Nunca el país fue tan joven, dice el ensayista, y nunca convergieron tantos intereses y campos disímiles en un mismo punto coagulado de tiempo. Rápido y sin soplar: retorno de la democracia, triunfo de Héctor Cámpora, fin de la proscripción del peronismo, arribo de Juan Perón, tironeos entre la izquierda y derecha del movimiento, masacre de Ezeiza, nuevas elecciones y triunfo aplastante de Perón, asesinato de José Ignacio Rucci, por nombrar sólo algunos. Pero también: hordas de melenudos ávidos de sonidos estridentes, relajamiento de la censura, liberación sexual, incremento del número de recitales y discos de rock, actualización de la industria discográfica y exploración y apuntalamiento de obras conceptuales. El presente era un torbellino y el rock, su intérprete. La parábola del año (sin moraleja en su movimiento de ascenso y caída, a juzgar por las repeticiones a las que nos vemos periódicamente sometidos) se templó lentamente. Y como en el crescendo orquestal de “A Day in the Life”, la violencia fue aumentando de decibeles poco antes de que la sombra de un Plan Cóndor se estirase por la región. Son también las postales del porvenir. En ese contexto, Spinetta y el rock por interpósita persona representaron esa forma señera de lo contemporáneo que es la equidistancia, la potencia de leer los signos del presente sin estar atado a las categorías que lo hurtan. Dúctil en las transiciones, el empalme de crónica, historia contemporánea y fervor de melómano hacen de El año de Artaud un fresco en movimiento. De la posibilidad de insuflar vida a instantes congelados en el tiempo nacen nuevos posibles.

Sergio Pujol, El año de Artaud. Rock y política en 1973, Planeta, 2019, 336 págs.

Imagen: retrato de Luis Alberto Spinetta, fotografía de Eduardo Rey (1989).