En su novela Lennon (2010), David Foenkinos recuesta a John en el diván del psicoanalista y, hacia el final de un monólogo liberador, le hace decir: “No tengo un recuerdo triste. Contemplábamos el trabajo hecho, y quizá experimentábamos un sentimiento de orgullo. Era triste, era la ruptura, pero la belleza había existido y nadie podría quitárnosla”.

Sabemos que la primera reacción de John Lennon tras la separación de The Beatles no fue tan contemplativa (con los años la iría morigerando). En las entrevistas —especialmente la de Rolling Stone en diciembre de 1970— habló del final de un sueño, de una irrealidad que los había alienado; de la carga del estrellato —algo de eso dice la letra de “Instant Karma”— y la cárcel que significaba esa fama más que humana; de la absurda prolongación de códigos amicales machistas incapaces de comprender su amor por Yoko Ono. Era la catarsis de quien, mediante el primal scream del doctor Arthur Janov, estaba entonces más preocupado por exorcizar los fantasmas de la infancia que por hacer un balance justo de la sociedad autoral que acababa de deshacerse.

Tristeza, orgullo y belleza: el Lennon de Foenkinos habla más por nosotros que por el fundador de The Beatles. Habla de un pasado hermoso que nadie puede arrebatarnos (no a nosotros subjetivamente, sino a la civilización toda). Pero no soslaya el acto que, al cerrar el ciclo, dio forma definitiva a ese pasado: la ruptura. No la única en la historia de la música, quizá sí la más grande. La narrada más cantidad de veces. La que, elípticamente, parece hablarnos del paso de las ilusiones de los sesenta al desencanto de los setenta. Para decirlo con trazo grueso: del alegre beat al sombrío punk, con los esfuerzos (¿fatuos?) de grandeza musical del rock progresivo en el medio. En el almanaque de la historia “mayúscula”, cabe pensar en la dramática modulación sucedida entre el Estado de bienestar del primer ministro Harold Wilson (1964-1970) y sus predecesores y el cínico apotegma de la Dama de Hierro: “¿Quién es la sociedad? No existe tal cosa, tan sólo individuos, hombres y mujeres”. Si en 1963 The Beatles —cuyas familias habían adquirido sus viviendas gracias a planes de protección subvencionados por el Estado— fueron optimistas agentes de un cambio cultural general, la desmembración terminó siendo índice de un porvenir menos auspicioso. La cultura metaforizando la política, una vez más.

La separación se conoció públicamente el 10 de abril de 1970. Fue Paul el mensajero. En la edición de su primer disco solista, McCartney incluyó un autorreportaje. Una de las preguntas encerraba el motivo de ansiedad de millones de personas a lo largo del mundo: “¿La separación de The Beatles será temporal o permanente, y se debe a diferencias personales o musicales?”. La respuesta: “A diferencias personales, empresariales y musicales, pero más que nada a que lo paso mejor con mi familia”. Y un colofón al que tal vez algunos se aferraron como los primeros fieles a la ofrenda de la resurrección: “¿Temporal o permanente? En realidad, no lo sé”.

La última sesión de fotos - Tittenhurst Park, 1969

La última sesión de fotos – Tittenhurst Park, 1969

El texto lo tomó Daily Mirror y con eso armó su portada del 10 de abril: “Paul Quits The Beatles”. El organismo Beatle había implosionado. Lennon, Harrison y Starkey — por entonces representados por el oscuro Allen Klein y judicialmente enfrentados a McCartney y su abogado John Eastman— se enojaron con Paul, tal vez el que más se había resistido a la separación. John lo acusó de usurpador del grupo que él había fundado. De querer quedarse con la última palabra (o la primera, en realidad). De buscar emular con la doméstica Linda lo que él y Yoko habían creado como performance alternativa a The Beatles. Lennon creía que McCartney acababa de interpretar como suyo un track que no le pertenecía: el de la ruptura. El hombre que había cruzado descalzo Abbey Road quería hacerse pasar por el director que decide disolver su orquesta para iniciar una vida propia, cuando en realidad una de las claves de la separación del grupo estaba en la salida a la calle de Instant Karma / Who Has Seen The Wind? por The Plastic Ono Band (¡un millón de copias vendidas, antes del lanzamiento del póstumo Let It Be!). Ser el primer ex Beatle era el mayor deseo de John, y en cierto modo Paul se lo había arruinado.

La longevidad de esta historia hartamente contada se basa en varias cuestiones (Paul la resumió en esa trilogía ejemplar de la modernidad: lo personal, lo musical y lo empresarial), quizá porque es la historia de cuatro en uno, y básicamente de two of us. Pero al desatarse el nudo Beatle no se produjo un big bang de música, como sí pasó cada vez que Miles Davis deshizo sus grupos. En rigor, el fin de los Beatles sirvió más para terminar de darle sentido al pasado reciente que para imaginar su continuidad. El anuncio se asemeja icónicamente al número final del Festival de Woodstock, con Jimi Hendrix demorándose en su guitarra cuando todo había terminado. Con su sentido secular, el adiós del grupo reaseguró su perennidad en la medida en que su consumación fue mucho más que la última desavenencia entre cuatro músicos. Su existencia perfecta en una década mitologizada los volvió históricamente necesarios. Si para referirnos a los años sesenta debemos mencionar a The Beatles, no se entienden The Beatles sin la década rebelde. Nadie epitomizó una época entera como ellos. Ian McDonald nos recuerda lo que dijo Aaron Copland al respecto: “Si quieren conocer los sixties, vuelvan a escuchar a The Beatles”.

Al disolverse el contrato de sociedad de Beatles & Co., John y Paul buscaron un repliegue individual, pasando así de la competencia amistosa —tan productiva para el grupo— a una rivalidad resentida y distante. Atrás quedó la idea de cooperación artística, del grupo entendido como Gestalt. Salvo el tiempo que Paul estuvo con Wings, ningún ex Beatle logró funcionar dentro de la lógica grupal. La advertencia que tanto Paul como John hicieron de que necesitaban ser más individuo que colectivo se hizo realidad. En términos artísticos, no podría decirse que fracasaron en el intento. McCartney escribió unas cuantas hermosas canciones —algunas, incluso, podrían considerarse la continuación del corpus Beatle por otros medios— y Lennon compuso “Imagine”, se radicalizó políticamente y grabó al menos un par de álbumes merecedores de toda nuestra atención. De Harrison, ya sabemos: pudo hacer lo que quiso, y cada paso en su vida emancipada trajo alguna buena canción. Ringo arrancó bien con el retro Sentimental Journey y siguió tocando por placer rocanrol, country y blues, como lo había hecho cuando era el mejor baterista de los alrededores del Mersey. Sin embargo, como escribió Bob Stanley en su incisiva historia del pop moderno, al esfumarse el manto mágico que siempre los había protegido, fueron ellos mismos en lugar de un Beatle. Quedaron entonces desnudos y desangelados, como los nuevos tiempos. “John era un grosero que se compadecía de sí mismo”, observó Stanley. “Paul se mostraba tenso y malicioso; George, con sus barbas y su postura de loto, resultaba petulante; y Ringo se bebía el Nilo y cantaba country sensiblero acodado en la barra. Siempre habían intentado decírnoslo y al final no tuvimos más remedio que aceptarlo: eran simples seres humanos”.

La tristeza que produjo la ruptura de The Beatles entre sus contemporáneos no residió tanto en el hecho más o menos certero de que el mundo ya no volvería a tenerlos juntos (los rumores sobre una reunión nunca cesaron hasta la muerte de Lennon, pero nadie los creyó realmente) como en la sospecha de que lo mejor ya había sucedido. Ni decadencia ni muerte joven: The Beatles se desmaterializaron en el plano cenital de su vuelo. Al cobrar la forma de una ruptura, el final devino suceso, o el último acto de una obra (vida) perfecta. Cuando percibieron que nada les había quedado por hacer juntos, John y Paul pusieron en marcha una dilatada disputa por el capital simbólico que cada uno había acumulado, pero más aún por la potestad del gesto final. ¿Podía el grupo fundado por Lennon ser disuelto por McCartney? La decisión la había tomado John —al menos más firmemente que Paul—, pero la prensa le dio crédito al Mozart del siglo XX.

¿Cuándo empezó el último acto? ¿Durante las grabaciones del álbum blanco, aquella vez que Ringo se fue a navegar con su amigo Peter Sellers dejando a todos en impase? ¿En el intento de salvación por el “vivo” en la terraza de Apple en el invierno de 1969? ¿El año que John descubrió que amor y vanguardia convivían en Yoko Ono? ¿El sacrílego día que Phil Spector puso sus manos sobre las cintas de “Get Back” para terminar tapiando de sonido una melancólica balada de Paul? La gran ruptura cobró diferentes significados según los puntos de vista. Para los ingleses, fue como la muerte de un rey: el 11 de abril unas cuantas personas cabizbajas se agolparon en las escalinatas delante de la sede de Apple. Para el resto del mundo, la separación de los inventores de la felicidad fue, como escribió Foenkinos, el momento de saber que, ya caídas las máscaras del espectáculo, la belleza realmente había existido a pesar de todo, más allá de glorias y miserias, y que ya nadie podría confiscárnosla. Para ellos, The Beatles, la ruptura fue el acto final de una obra en que arte y vida fueron la misma cosa. “Vos y yo tenemos más recuerdos compartidos que kilómetros tiene esta ruta”, cantaron John y Paul en “Two of Us”.